En la sala de espera donde ronda la muerte del hermano

Encuentro un espejo, me asomo.
Están los años modificando mi morfología.
Reconozco el párpado caído,
recuerdo de un intenso sufrimiento de juventud.
Las pequeñas pestañas, balcón al mundo
de las esferas que traducen el universo de mi mente.
Los surcos de la risa, esa rebeldía cotidiana
que abre ventanas para estirarse y crecer.
La nariz eterna y griega, los labios femeninos a mi pesar
rodeados de un irse resquebrajando y difuminando.
Todo entre las líneas y franjas de la tierra de mi piel.

En la habitación de la hermana dormimos

Abro un libro para pasar a otros mundos
(siempre he viajado con una libertad extra ordinaria)
y me encuentro con mi cuerpo, con el sabio
y sólido contacto del placer. Soy yo,
exactamente yo, pura vida. Mi cuerpo
envejece y conoce, ese recorrido protector.
Es mi casa, un espacio en el planeta, un descanso,
una fuente inagotable, un camino, un río.
Va y se entrega donde yo elijo y también
cualquier día cruzará el puente de tablones
sin orilla de llegada.

En una botella en el mar de siglos

La gente que eligió ser mezquina y cobarde,
esclava de su avaricia y de su miedo,
la saga de las violencias, no sentirá nuestra pérdida
aunque se habrá quedado desamparada,
más sin posibilidad. A no ser que encuentres
los rastros, comprendas, y puedas hablarlo
con personas políticamente buenas.

« »