Dejamos atrás, estremecedoramente suave, la piel
de la infancia, mecida al viento, como un señal eterna y urgente.
No dejamos atrás su capacidad de ver.

Tú y yo, juntas, ya centenarias,
tú fuerte ante el dolor físico, conociendo
filosófica y poéticamente el mundo y sus lenguajes,
yo experta en ahogarme en charcas y en remontar, quimérica,
cadenas montañosas, cúspides perdidas.
Nosotras: emoción de suelo túnel fértil, agrestes.
Nuestro abrazo: ideas, observaciones, palabras creando
el asombro del color, mutando a sabiduría.

Tú y yo en el espacio donde la mirada niña y anciana del amor,
esa profunda emoción de vivir, esa alegría silvestre, es
la música del cosmos, su luz y su belleza.

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