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RELATOS
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La
montaña de las fieras
A
Juan De Wandelaer
El ejército dijo hace más de nueve milenios que estas montañas estaban
tomadas por la guerrilla. Que la guerrilla eran diablos rojos con
cola de flecha que comían carne tierna de bebé y que todos moriríamos
si no lo remediábamos. El remedio fue: cazarían a los guerrilleros,
los torturarían y después los descuartizarían para alimentar a los
más hambrientos. Eran guerrilleros los no militares, así que el ejército
se concentró en dar caza, torturar y asesinar a todas las mujeres
y a muchos hombres y a todas las niñas y a los niños que no podrían
ser soldado. Y aquella jauría avanzó por muchas geografías arrasándolo
todo, por eso ahora la tierra es, ante todo, un desierto de silencio.
En la Montaña de las Fieras nació Nuat de una gacela ámbar
que se había refugiado allí después de que los militares entraran
a saco a la cueva animal de un bosque cercano. Nuat nació y ya viajaba,
nunca detiene su recorrido porque Nuat lleva siempre la quietud consigo.
Su aspecto es de hombre y tiene la destreza de su madre la gacela:
escala como si acariciara espuma. Nuat tiene siete siglos de vida
y una madre muerta. Ha viajado por las montañas con sus sandalias
y su navaja en los tiempos en que los militares las rondaban en su
caza absurda, cuando aún no conocían la Mansión de los Esclavos ni
los Campos de Muerte, donde se refugiarían años después, sin municiones
y debilitados por su propio odio y también, un poco, por razones ajenas.
Nuat supo esconderse y aparecer cuando fue preciso; nunca alteró el
pulso de su corazón nada que él no deseara le alterase. Gacela fue
siempre su compañera. Se amaron en la penumbra de un autobús cargado
más allá de su capacidad que, sin motor y sin frenos, descendía por
los estrechos caminos de arena y roca que serpenteaban por las montañas.
Se amaron incluso a orillas del lago más bello, donde ella nació y
donde fue a morir cuando quiso descansar. Conocieron la más triste
de las despedidas cuando, durante los tortuosos años del adiós, se
vieron obligados a abandonarse. Después, tras el reencuentro, conocieron
el amor más claro, como la luz a través del diamante, y desde aquel
conocimiento supieron que ya nunca se separarían, aunque cada una
llevara su propio camino lejos de la otra. Y luego ella lo llevó hacia
el abismo del lago, un lago que puede descubrirse en los ojos de Nuat.
Nuat y Gacela cavaron, hace años, trampas en las montañas, trampas
donde caían los militares como cae la chatarra, tal cantidad de armas
y municiones llevaban encima. Los enterraban vivos, para que la tierra
trabajara sobre ellos, los amasara y los hiciera más bondadosos. Cuando
los desenterraban se habían convertido en gusanos o en semillas y
entonces, al fin, aquellos infelices podían disfrutar de la vida.
Si vas a la Montaña de las Fieras, fíjate bien, porque hay militares
con suerte que se han convertido en hortensias, margaritas, olmos,
ciempiés, helechos, orugas, saltamontes, cigarras...
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