Poema en Sangre de la luna, de Luz González Rubio

Pocas veces encontramos en las novelas experiencias vitales tan importantes y profundas para las mujeres como son la menstruación, el aborto o el parto. En Sangre de la luna, título que hace referencia a la primera de estas experiencias, la protagonista decide recluirse esos días para indagar en su vida y buscar conexiones cósmicas con el astro que rige los ciclos vitales de las mujeres y de los mareas. Aislada del mundo del mundo de hombres en el que ha sido una víctima más busca una salida, otro camino que conduzca a un mundo mejor y más justo: el camino de las mujeres y de la noviolencia.

En la página 17, un poema habla de la solidaridad entre mujeres, la anciana curandera asiste a la guerrillera en el parto del niño muerto.

Tus manos, dueña del saber antiguo,
cubrieron el vacío lacerante de mi vientre.
Las punzadas de dolor, el río sangrante que era yo,
quedó detenido.
Tus manos, hermana,
me rescataron del tiempo interminable
y me trajeron, otra vez,
al mundo de las flores, de las caracolas y de los volcanes.
Pero no pudieron traer, y allí quedó,
en aquella frontera infranqueable
que ni tú ni yo pudimos traspasar,
el niño que no nació,
el niño muerto que parió la mamá grande.
Hermana, hermana,
haz que griten de dolor todos los pájaros del continente,
que los volcanes rujan como vientres de la tierra
y que todas las quenas enmudezcan
para acompañarme en la nana a mi niño muerto.

¿Alguien de América quiere grabar el poema en audio para aquí?

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