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Creadoras

Volver a la página de Susana Guzner en Mujer Palabra Susana Guzner

Fragmento de la novela Punto y aparte (ed. Egales 2005)

Te deseo tanto que estoy llorando. Escribo, deseándote, y unas lágrimas como piedras blandas caen sobre mi mesa de trabajo, impías, impasibles cual llanto ajeno, la dádiva que alguna plañidera ancestral me cede movida por la compasión.

Lloro porque sé por qué lloro. Me siento embrutecida y derrotada, aterradoramente lúcida, impotente para sofrenar las riendas de este chaparrón dócil y orondo que, tengo la certidumbre, no traerá consigo un próximo arco iris.

Desapercibida de cuanto me rodea los interrogantes se atropellan buscando con torpeza alguna respuesta esclarecedora.

¿Por qué aproximas tanto tu rostro al mío cuando me hablas? Anoche en el She´s , por ejemplo. Dime, mujer de nombre cristalino y designios equívocos. ¿Te divierto, pretendes seducirme, me repruebas, te mofas, me arrojas a la papelera de tu indiferencia, soy una ameba chata en la platina de tu microscopio? ¿Por qué me miras desde lo insondable, pertinaz, tus ojos tan cercanos a los míos que podría palpar con la yema de mis dedos la textura de sus pupilas?

Tu mirada: una espada de carbón ardiente que, lo sé, lo sé, no estallará en pavesas dando calor a mi hogar de fríos y orfandades.

Pero es sable y hiere. No imaginas cuánto. O puede que sí sepas de su filo y por eso es sable y hiere.

No acerques esa boca tuya a la mía, te lo ruego, porque no vamos a besarnos aunque me extravíe en el contorno finamente dibujado de tus labios y diera los tesoros que no poseo por anonadarme definitivamente en tu boca. No acerques esos labios, por favor, me haces tanto daño.

Y tu piel. Aceituna madura, a un palmo de mi piel. Ahí la dejas, cariátide incólume, invitándome a apreciar su tacto. Encarcelo temerosa mis manos. Amenazan abandonarme y recrearse, ávidas, en la lisura en tu tez oferente.

Te escucho, encorsetada y desde una latitud remota, rememorar anécdotas de éxodos temporales a otros paisajes que no son los tuyos y que tu boca me cuenta ¿Por qué lo haces?

Quizás me convidas con retales de tu pasado para que los hilvane al mío sin hilos ni agujas de oro. Un óbolo para la mendiga. Mendrugos para la hambrienta.

Pero es que yo me pierdo en esa piel, entiéndelo, paladeo tu cara doloridamente deseable viajando desde la nube negra de tu pelo que amenaza lluvia rizada y que ya me está lloviendo, empapando mi vientre anhelante, mientras me encamino cansina hasta la gruta donde tu cuello se ahueca y ahí me refugio, a buen recaudo.

Aléjate. Dame el alivio de una distancia tranquilizadora separando nuestros cuerpos.

Me dueles. Me engulles. Me enfermas.

Mi fuego malamente refrenado se rebela iracundo. Le he prohibido arder hasta consumirse y se revuelve en mi contra, me ataca con saña, mi cuerpo escenifica sus motines llameantes y soy úlcera, jaqueca ó vómito.

Maldigo haberte conocido, precisamente ahora, cuando la primavera reaparece ejerciendo su sempiterna tarea de resucitar los cadáveres del invierno gélido, momias que yo creía sepultadas en la fosa común del olvido.

He restañado la llaga sangrante de mi último amor quebrado, tan gemelo al primero como un ciprés a su sombra. El círculo perfecto. Eternamente amando a la misma mujer de nombres distintos y diferentes cunas, acentos, gestos, apariencias y prosas. Muchas y ninguna, muchas y una única.

Y aquí estás. A escasos centímetros de mi vida.

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Publicado en mujerpalabra.net en 2006