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De vampiros locos (cibernautas)

por Lola Robles
I

Sed de sangre tengo; sed de sangre fresca y dulce; la más roja, la más dulce, la más fresca.

He despertado después de un largo sueño, en mi ataúd oscuro, en mi castillo ruinoso, en mi soledad. Me levanté, salí del sótano donde dormía, subí hasta las torres abiertas al mundo exterior.

Abril como un insulto nacía ante mis ojos. La luna bañaba el bosque, el estanque negro en el que mi castillo se duplica, insultándome también: a mí, que no puedo repetirme en los espejos. Pero ya por el este el alba se anunciaba. Apreté los dientes, me clavé las uñas en la carne. Tenía que irme, tenía que esconderme.

A través de pasadizos intrincados, de muchas escaleras, a través de salones vacíos he llegado hasta aquí, hasta esta cámara secreta, mi refugio, y sentado en el sillón que preside la estancia he vuelto a compadecerme de mí mismo, como tantas otras veces, hace años, hace un siglo, hace dos.

Soy un no-muerto, un vampiro, una criatura tenebrosa, un malvado. Todo eso soy, desde aquel día en que uno de la que ahora es mi especie me dio la vida eterna a cambio de mi sangre.

Corría el año en que la Muerte Negra cabalgaba por tercera vez a lo largo de Europa. Tantas eran sus presas que resultaba más rápido hacer el recuento de quienes quedaban vivos. Un horror imposible de describir con palabras, aunque haya seres privilegiados que casi lo han conseguido (me viene a la memoria, cómo no, ese breve y claustrofóbico relato de Edgar Allan Poe, en que la Cazadora acude enmascarada a una fiesta infame y suntuosa. Aquella Muerte era carmesí, y no negra; vívidos colores dominan el relato, una joya que nunca me cansa releer).

La peste asolaba Europa, pero este castillo y la región que lo rodea eran una isla en la que sus habitantes nos sentíamos a salvo. La enfermedad no parecía tener intención de acercarse por aquí. Bien es cierto que de cuando en cuando se producían muertes extrañas, inexplicables, en las aldeas. Los campesinos culpaban a los no-muertos, los vampiros. Yo me reía de ellos, de lo que consideraba supersticiones. Un desprecio que heredé de mi padre. Él era un hombre de porte magnífico y elegancia brutal, que se jactaba de haber seducido, en su juventud, a todas las doncellas de las que tenía noticia en cien kilómetros a la redonda. Sólo una mujer, mi madre, que era una excelente amazona, consiguió domarlo. Pero de ella apenas me acuerdo: murió siendo yo un niño, cuando trataba de darle a su esposo un segundo hijo varón -tras de mí había tenido dos hijas, y en aquella época una esposa estaba obligada a lamentarse por ello. De modo que yo crecí sin su presencia -y sin la de mi padre, que volvió a sus correrías hasta que se lo llevó una septicemia- y con la seguridad de convertirme en señor de este castillo y sus dominios. A los veinticuatro años, mi destino se cumplió.

Podría describirme como un joven tranquilo, respetado -y querido también- por mis siervos, y por los campesinos que, aun siendo hombres libres, nos rendían tributos. A diferencia de mi padre, siempre me gustó el estudio: desde los quince años dominaba el latín; era gran aficionado a la astronomía y al ajedrez. Pero mi verdadera pasión ha sido siempre la literatura. Sin embargo, como heredé asimismo de mi padre la complexión atlética y el gesto imperioso, y el amor por la vida al aire libre, nada había en mí, en mi apariencia, que pudiese tomarse como débil o enfermizo, características que las gentes del campo, en mi país, atribuían a quienes cultivaban el espíritu y no la tierra o el ejercicio de las armas.

Mi padre me transmitió asimismo su inclinación por las mujeres. Pero lo que en él era un deseo de la carne, de los sentidos, en mí se convertía en un ensueño casi romántico. Yo buscaba un sentimiento tan puro e intenso como el que me producían los libros. Bien es verdad que nunca caí en la demencia como ese personaje de Bécquer que acaba enamorándose de un rayo de luna. No obstante ya entonces había sospechado que la existencia real tiene algo de mezquino, de fútil, algo que envenena incluso los días mejores. Y que sólo la imaginación, los sueños, pueden salvarnos, permitirnos sobrevivir.

Pese a todo, por aquel tiempo yo era feliz. Cuando leía en el salón de mi casa, durante el invierno. Cuando en verano cabalgaba a solas por mis tierras. Me perdía en el bosque; pasaba largos ratos mirando al cielo, a las nubes.

Y de pronto, en un instante, todo se acaba. Un paseo que se alarga demasiado, el atardecer que me asalta aún en el bosque, el encuentro con un jinete desconocido... De ese crepúsculo remoto apenas recuerdo nada: quizás sólo la risa blanca de aquel ser -ignoro si me buscaba o me encontró por azar-; el latido de la sangre en mi cuello; y después un frío súbito, pero no sé si lo sentí entonces o más tarde, al despertar, en la tumba.

Hasta aquí llega mi pasado común con los demás humanos. El resto, tal vez, es sombrío y monstruoso.

Debo decir que al principio, cuando fui consciente de mi nueva condición, y de sus consecuencias -la pasión por la sangre, pero asimismo la inmortalidad- me llenó una especie de júbilo demoníaco: los demonios se entregan sin duda al mal con una alegría feroz que jamás conocerán los ángeles. Ahora comprendía que mi corta vida de hombre no hubiese bastado para saciar mi sed de libros, de conocimientos; no hubiera sido suficiente para encontrar un amor a la altura de mis sueños solitarios. Sí, para eso deseaba la inmortalidad; ningún otro ansia, ningún otro objeto de deseo -ni el poder, ni la riqueza, ni la sangre tampoco- me acuciaban.

Sin embargo, las necesidades que ahora tenía -la necesidad de ese alimento rojo, vivificador- me suscitaban un problema de orden digamos ético. Pues ya lo he dicho, yo nunca había sido un depravado, nunca me fascinó el Mal, quizás porque Dios también me resultaba indiferente. De modo que no podía plantearme la elección de mis víctimas sin un escalofrío. Como vampiro, me era inevitable matar para sobrevivir; pero ¿a quiénes, y por qué a ellos y no a otros? De poseer la brutalidad de mi padre, hubiera escogido sin más dudas a los que habían sido mis siervos, y a los campesinos de los pueblos próximos. Mas aquellas gentes me habían estimado por mi buen talante, y me entristecía hacerles daño, puesto que no eran culpables de mi destino. Me preocupaban además mis dos hermanas menores, a las que había dejado solas: temí los efectos que pudiera tener sobre ellas el que se me descubriese en mi nueva identidad. Sangre de mi sangre, iban a pagar por mis culpas.

Durante casi veinte años, viví esa existencia anfibia de los de mi especie: el sueño en la tumba que duraba un día, un mes o varios; y al despertar, el apremio y rápidas cacerías nocturnas que me dejaban cada vez satisfecho, y me volvían cada vez más culpable. Solo, siempre solo. Acostumbraba a seleccionar a mis víctimas: campesinos que maltrataban a sus hijos y mujeres; señores de reconocida crueldad para con sus siervos; y sobre todo soldados, muchos soldados. El cementerio donde yo dormía se enclavaba junto al bosque por el que me gustaba cabalgar en mi vida anterior. Ese bosque, muy extenso, era asimismo lugar de paso y acampada de los numerosos mercenarios que iban o venían de alguna guerra. En las aldeas próximas se temía siempre su presencia: porque eran aves de rapiña, bestias inmundas que sólo dejaban tras de sí lágrimas y destrucción. Yo los mataba con placer, aunque me daba asco su olor, y el aguardiente que bebía en su sangre.

No es que me creyera un justiciero; simplemente, el que mis presas fueran tan repulsivas para mí como yo para ellas me suponía un alivio, un descargo. Pero me equivoqué suponiendo que eso me libraría del odio del resto de las gentes. Yo era un vampiro, un monstruo; tan sólo nombrar mi especie hacía temblar al más incrédulo de los campesinos o al más feroz de los soldados. Me persiguieron unos y otros; me acorralaron; tuve que esconderme en lo más profundo del bosque, que alimentarme de pájaros y roedores cuando no había hombres a mi alcance.

Los años pasaron. Me fui convirtiendo en un espectro de mí mismo. En la soledad, mi cabello y mi barba crecieron, mis uñas se volvieron garras, mis facciones parecían más las de una bestia que las de un hombre -aunque yo, bien lo sé, ya no era un hombre. Había perdido la costumbre de hablar; buscaba la compañía de lobos, y era capaz de aullar igual que ellos, y de moverme por el bosque y cazar a mis víctimas como si fuese un lobo también. Ahora ya no elegía presa: me daba lo mismo un forastero que desconocedor de mi presencia se adentraba en el bosque, o una oveja asimismo perdida; un niño de pocos años o un viejo a punto de morir. Me daba pena de mí mismo, y asco y horror, como si reflejara los sentimientos ajenos. Pero todavía no era realmente malo: sólo un maldito, un infeliz. Igual que el engendro creado por el doctor Frankenstein. Siglos después la lectura de esa historia me haría llorar. Yo comprendía muy bien a esa pobre criatura que buscaba amor en vano. Recuerdo que le escribí una carta a su autora, para darle las gracias por aquel llanto que limpiaba gran parte de mi rencor. Mary Wollstonecraft Shelley era un alma exquisita.

Fue mi instinto, y no ya mi razón, el que me salvó de aquel estado. Desde hacía mucho tiempo, yo no osaba acercarme a mi castillo. Antes, al principio de todo, lo había hecho con frecuencia. Protegido por la noche paseaba junto al estanque oscuro, contemplando en las aguas quietas el reflejo de las luces encendidas detrás de las ventanas, el signo de una vida de la que había formado parte cuando yo podía reflejarme en esas aguas también. Luego mis sucesivas visitas me mostraron cada vez menos manchas amarillas en el lago, y una noche, al despertar en mi tumba, descubrí junto a ésta una nueva lápida, y el nombre de una de mis hermanas escrito en ella. No había pasado un año cuando la segunda nos acompañaba asimismo. No sentí dolor alguno, sólo ese frío que trae la soledad.

Sin embargo un día mis pasos me llevaron de nuevo allí. No sé si era invierno y escapaba de la nieve que emblanquecía el bosque, o si era verano y recordé el agua helada del estanque. Sólo sé que de pronto estuve junto a la laguna; que no pensaba; que me agazapé junto a unas rocas de la orilla y mis cabellos me cubrían los ojos. Durante muchas horas miré la superficie negra, hasta que de súbito un golpe de luz la hirió. Me puse a temblar, aparté el pelo de mi cara y me volví hacia la fachada del edificio. La ventana de una de las torres estaba abierta; resplandecía como un cáliz, era un corazón resucitado. Entonces la vi. Desde aquella ventana, una mujer me estaba observando.

Una semana después, por la puerta de este castillo entraba un hombre a caballo. Mucho tiempo hacía que sus escasos habitantes no recibían visita alguna. Por tanto, los dueños fueron a su encuentro preguntándose quién podía ser. El jinete se presentó de inmediato: era un pariente lejano, que habitaba al este del país y había emprendido su viaje al conocer -por desgracia, con años de retraso- las muertes sucesivas de sus primos, el antiguo señor del castillo y sus dos hermanas. Deseaba comprobar, ante todo, si aún quedaba vivo alguien de su estirpe, ya que en su lugar de origen sus familiares habían muerto igualmente.

Cuando la joven señora del castillo le explicó que era hija de una de sus primas, la cual, al fallecer, la había dejado en la soledad más absoluta, hasta que un buen hombre, su actual esposo, le ofreció su compañía sin importarle lo menguado de su herencia, el huésped tomó la mano de la dama -casi una niña todavía- y la besó. Tembló la joven al sentir aquel beso, retiró la mirada del rostro del pariente desconocido y se apresuró a dirigirla hacia el esposo, mucho más viejo que ella, y sin duda -comprendí al instante- un noble de linaje oscuro y arruinado que había tenido la suerte de ganar como esposa a la mujer más bella de la región.

Elizabeth... ¡ah, Elizabeth! Desde el primer momento supe que era, como yo, un ser especial, que no pertenecía al tiempo y a la tierra donde había nacido. En este país salvaje, en aquel siglo oscuro, era una flor desamparada; intuí su soledad, su sed de amor que ese hombre gris con el que se había casado no podría saciar nunca.
No sé si me enamoré de ella; lo cierto es que de inmediato supe que necesitaba rendirla ante mí, turbarla, seducirla. Se trataba de un deseo más allá de la carne, aunque quería su cuerpo también: porque había algo extremadamente puro en sus facciones, y en su silueta, y, adiviné, en la intensidad con que lo entregaría junto al alma una vez enamorada. Joseph Sheridan Lefanu escribiría, siglos más tarde, en Carmilla (ese maravilloso libro del que Guillermo Cabrera Infante dijo que era el más bello relato de vampiros escrito nunca jamás): "El vampiro es propenso a verse fascinado, con acaparadora vehemencia parecida a la pasión del amor, por determinadas personas. Persiguiendo a éstas, ejerce una paciencia y una astucia inagotables, ya que el acceso a una persona en particular puede verse obstaculizado de mil maneras. Jamás desistirá hasta haber saciado su pasión y succionado la vida misma de su codiciada víctima. Pero, en esos casos, economizará y prolongará su disfrute asesino con un refinamiento epicúreo, realzado por las aproximaciones graduales de un complicado galanteo."

La seduje, en efecto, poco a poco, alargando un placer que se me hizo mayor día a día. No fue fácil. Elizabeth había sido educada en la virtud: debía permanecer fiel a su esposo aunque no le quisiera, aunque no le quería: Dios lo mandaba así. Pero yo estaba dispuesto a desafiar a su Dios, ya que como vampiro me encontraba fuera de su ley; y la virtud con que ella trataba de protegerse era más un acicate que un obstáculo.

Paseábamos los dos, a pie o a caballo, por los alrededores del castillo y por el bosque, mientras el esposo estaba ocupado en sus asuntos. Tuve que inventarme un pasado, y lo construí tal que pudiese conmoverla.

Le hablé de un castillo ruinoso, donde yo, igual que ella, me había quedado solo, abandonado a mi suerte, con la única compañía del viento glacial, en invierno, y el polvo ardiente en el verano. Estancias desiertas, oscuros lienzos desde los que mis antepasados me sonreían burlones, y la luz carmesí que se filtraba al atardecer por los altos ventanucos de mi dormitorio, y una atmósfera de dolor, un aire de profunda e irremediable melancolía que iba envolviendo, traspasándolo todo. Y yo, soñando con un amor que disipara ese hastío, que me incendiase el alma; yo, para quien la vida era algo atroz y remoto, creyendo que la infelicidad formaba parte sustancial de mi persona, hasta el instante en que la conocí, a ella, Elizabeth... y entonces mi mano rozaba la suya, y aunque se apresuraba a retirarla, yo sabía que la victoria estaba cada vez más cerca. Ella lo creía todo: era inocente, lejana al engaño, a la astucia, se compadecía de mí (¡ah, la compasión, pocas ataduras hay tan sóIidas!).

Por la noche, sentados frente a frente en el salón del castillo, los dos oíamos hablar al esposo y anfitrión sobre cosechas y diezmos, sin escucharle; yo llenaba mi vaso de vino, rojo como la sangre, mientras miraba a Elizabeth; acariciaba la copa antes de llevarla a mis labios, igual que hubiese acariciado la pálida piel de aquella muchacha que no sabía dónde poner los ojos para evitar los míos; bebía lentamente, saboreando, imaginando el placer que sentiría al morderla, y en ese momento el esposo imbécil callaba, y a mí se me ocurría una broma, y Elizabeth se echaba a reír, la cabeza hacia atrás, el pelo ensortijado sobre los hombros, y la garganta al descubierto. y el vino no bastaba para aplacar mi sed.

Por fin, cierta tarde -nos habíamos adentrado a caballo en el bosque, y sentados sobre la hierba mirábamos el cielo, las nubes, los astros que iban apareciendo, y yo le decía sus nombres- no pude esperar más. Le aseguré que ella me había salvado de la desdicha; que cada noche, en la soledad de mi dormitorio, la soñaba junto a mí, y los celos me asfixiaban al acordarme de que en el mundo real estaba junto al marido, que a él y no a mí le ofrecía su cuerpo, su amor: y entonces sólo quería dormirme y no despertar, para poder seguir soñando con ella, con otra vida conforme a mis deseos. Le aseguré todo eso y muchas cosas más. Nunca hasta entonces me había dado cuenta del poder de las palabras; iba enredando con ellas el corazón e Elizabeth, iba destruyendo sus defensas. Temblorosa a mi lado, se encontraba a punto de llorar, decía no sigas, no debo, no puedo, y yo acercaba poco a poco mi boca a su oído, a su piel, y cuando la luna brilló sobre nosotros pensé que mi presa ya no iba a escapar. Pero me equivoqué. Liberándose de mis brazos, Elizabeth huyó; su llanto y el galope de su caballo se perdieron a lo lejos. Maldije mi suerte, y aullé de dolor, y de ira, y de hambre.

Durante el tiempo que llevaba hospedado en el castillo, había procurado espaciar mis incursiones nocturnas a las aldeas próximas; del mismo modo me había resistido a visitarlas durante el día, aunque el esposo de Elizabeth me pidió en numerosas ocasiones que lo acompañara. Pero por supuesto a veces no me quedó otro remedio que seguirle, ya que no podía ser siempre descortés. Y sabía que los aldeanos más viejos habían empezado a murmurar acerca de mi extraordinario parecido con el antiguo señor del castillo, muerto en extrañas circunstancias.

Sin embargo aquella noche olvidé todas mis precauciones. La huida de Elizabeth -y la luna, cómo no- me trastornaron. Y en las largas horas de oscuridad, un viento salvaje, una locura roja devastó la región; una criatura maléfica frente a la que no servían candados ni conjuros. Al alba, estaba de nuevo en el bosque, ebrio, ahíto del festín; en mis vísceras la sangre había ido formando un gran lago cruel. Tuve que esforzarme para lavar mi rostro y mis manos en un arroyo, para caminar de regreso al castillo.

No había salido aún del bosque cuando percibí el olor. Olía a humo. Me apresuré y pronto distinguí a lo lejos un brillo extraño, que no era el del sol naciente. Corrí hacia aquel resplandor, hacia el castillo que ardía. No era dificil adivinar lo que había pasado. Los habitantes de las aldeas habían descubierto mi identidad, y se habían unido para aniquilar por el fuego mi refugio, y para dar muerte a todos los seres vivos que moraban en él, quizás porque los consideraban mis cómplices, quizás porque la venganza era ya su único consuelo.

Unos pocos criados que habían conseguido salvarse de la ejecución trataban de apagar el incendio con agua de la laguna. Me introduje en la casa, la recorrí gritando el nombre de Elizabeth, indiferente a las llamas que hacían desplomarse los techos de madera, al humo que me cegaba. En las escaleras que subían al piso alto encontré muerto a mi rival; apenas lo miré. Tenía miedo, un pavor como nunca había sentido, por Elizabeth, porque perderla significaba encontrarme de nuevo solo.

Estaba en su dormitorio, sobre el lecho, con los ojos cerrados. Rosas púrpuras manchaban su vestido blanco; las manos unidas sobre el pecho parecían rezar. Me acerqué con un nudo atroz en la garganta. Para mi alivio, respiraba aún. La llamé y abrió los ojos, aquellos ojos grandes, dulces. Elizabeth, dije de nuevo, y otra vez, Elizabeth... Le tomé las manos; su pecho palpitaba con violencia anunciando la muerte. Murmuró "te quiero" y me invadió un deseo de tanta violencia que caí de rodillas; no me era posible hablar, me estremecía una y otra vez. Ella repitió su amor por mí en voz más baja, y entonces me abalancé sobre su pecho, y clavé en él mis dientes, y bebí hasta saciarme, mientras ella gemía de dolor y de placer, un gemido que se fue apagando.

Dije su nombre y no me contestó. Muerta estaba tan hermosa como viva. La contemplé largamente, y luego, apoyando mi cabeza sobre su corazón, lloré muchas horas, por ella y por mí.

Elizabeth no se transformó en vampira, como era su destino al morir entre mis brazos, al entregarme su sangre. Por gratitud, yo quería librarla de un futuro que sin duda hubiese considerado horrible. Me ocupé personalmente de disponer los procedimientos necesarios. Fue mi última acción noble en este mundo.
Después, y ya sin ocultar quién era, volví a instalarme en mi castillo, que no tardé en reconstruir por completo; definitivamente, hasta hoy.

II

Creo que no me hubiera gustado escribir Drácula. Se trata sin duda de una obra magna, inmortal; uno de esos libros que aunque no se hayan leído siempre se conocen. Pero la suerte de su autor no es en absoluto envidiable. Bram Stoker, el irlandés. Nació en 1847 y murió en 1912. Tengo que volver a las enciclopedias para recordar esos datos, y otros: que de niño era enfermizo y frágil; que para vencer esa debilidad practicó durante muchos años el montañismo; que estudió Matemáticas (no es desde luego el primer caso en que un hombre dedica el comienzo de su vida al estudio de ese universo de teoremas luminosos, y acaba sin embargo escribiendo obras donde la noche vence a la luz, el terror y el caos a la pureza de los números); se hizo funcionario (quizás no hay nada que pueda alimentar mejor los sueños literarios como un empleo gris), y por fin, secretario y hombre de confianza del actor sir Henry Irving, cuyo carácter megalómano y despótico le sirvió de modelo para el personaje del Conde (se ha escrito poco sobre la amistad, ese vínculo que puede ser tan apasionado y complejo como el amor). Pero ¿a cuántos lectores de Drácula les importa realmente saber quién era Bram Stoker? La figura inmensa de su personaje lo sepulta, lo devora (¿podría esperarse menos de un vampiro?) Es como si la criatura existiese por sí misma, y se hubiera limitado a elegir un médium a través del cual manifestarse.

Yo también estoy a la sombra del Divino Conde. Yo y todos los de nuestra especie, que es la suya. Drácula es El Vampiro, y los demás sólo pálidos reflejos, variaciones extravagantes o grotescas. Incluso en mi memoria hay pocos nombres más: está Carmilla, por supuesto (¿cómo no, si fue esa vampira enamorada, voluptuosa, que intenta enredar con palabras y besos el corazón de su víctima -una jovencita inocente y recatada-, la que deslumbró a Stoker hasta el punto de hacerle concebir su obra?), y está Erzébet Báthory, la Condesa Sangrienta, la Alimaña del castillo de Csejthe, una noble húngara que hizo torturar y asesinar a más de seiscientas muchachas a principios del siglo XVII. Claro que ambas, sin duda por ser mujeres, y lesbianas, han quedado oscurecidas por el poderoso patriarca rumano. En cuanto a mí, me doy cuenta de que hasta ahora ni siquiera he dicho mi nombre. Puede que no merezca la pena hacerlo. Soy un vampiro más. Prosigo con mi historia.

Después de la muerte de Elizabeth... Pero ¿qué voy a contar? ¿Qué todo volvió a ser gélido y oscuro, que no me importó dejarme llevar por la ira y el rencor, que ya nunca oculté mi auténtica naturaleza? No, no hablaré de eso. Prefiero referirme a lo que fue entonces mi único consuelo; entonces y ahora: los libros. Supongo que esta afirmación resultará sorprendente. ¿Un vampiro docto, más inclinado a la lectura que a las cacerías rojas? Sin embargo Drácula también consideraba los libros como compañeros, amigos fieles que le proporcionaban muchas horas de placer. "Los muros de mi castillo se han desmoronado -dice-, las sombras son múltiples, y el viento frío sopla por entre las almenas y los marcos de las ventanas rotas. Amo la sombra, y quiero estar a solas con mis pensamientos siempre que pueda". Hermosas, tristes palabras que bien pudiera haber dicho yo.

Durante años, solo en mi castillo, leí mucho. Impulsado primero por la necesidad, busqué todo lo que se había escrito acerca de nosotros, los no-muertos. Enrevesados títulos latinos, tratados médicos y religiosos... Leía buscando mi salvación, como el enfermo desahuciado que no se resigna a la muerte, que aún mantiene la esperanza de encontrar una medicina, un milagro...Yo era un vampiro que no deseaba serIo, o al menos, detestaba las consecuencias nefastas de mi condición. Entonces, como ahora, nunca me gustaron el frío de las criptas, ni la compañía de lobos y aves nocturnas, ni los ataúdes, aposentos ruinosos, escaleras de caracol: todo ese attrezzo gótico y oscuro que acompaña a los de mi especie.

Pero aquellos libros no podían servirme: estaban escritos desde el odio y el miedo. Para ellos, hombres de religión, historiadores eruditos, yo era sólo el enemigo, la criatura maléfica, la alimaña que había que acorralar, destruir sin compasión alguna. "Clavad una estaca en el corazón al vampiro, cortadle la cabeza, quemad su cuerpo incorrupto y esparcid sus cenizas en el viento o en el agua. En el nombre de Dios, del Bien, que nosotros, los puros, los justos, representamos...". No fue por mi voluntad, podría decir yo, pero ¿acaso eso importaba? ¿Qué importaba mi dolor si incluso yo, al mirarme y no verme en los espejos, también repetía: soy un asesino que necesita matar para seguir viviendo, soy un monstruo? Ser un monstruo es saberse una isla que nadie querrá visitar; indigno de recibir el amor humano, incapaz de sentirlo, de provocar la misericordia en otros...

Los libros de mi biblioteca se acabaron pronto y tuve que contratar secuaces que los compraran o robasen de palacios y conventos. Ladrones, mercaderes ruines, soldados: a cambio les ofrecí el refugio de mi castillo, y una parte de mis bienes si me convertían de nuevo en un señor poderoso gracias a diezmos y rapiñas. Y cuando llegaron los turcos, resplandecientes y crueles, devastándolo todo, me alié con ellos; y luego, cuando triunfaron los Habsburgo... Bien, baste decir que las guerras siempre me beneficiaron. Baste decir que ya no me importaba convertirme en un malvado, ajeno a todo sentimiento, a todo recuerdo feliz, hasta el de Elizabeth. Trataba de asumir mi realidad de chupasangres, mi palidez de señor de la noche, la luna amarilla, los vientos, las tormentas salvajes que azotaban este castillo, un cuadro de melancolía en que predominaban las nubes, los crepúsculos. Alrededor de este lugar, alrededor de mí, la soledad iba extendiendo sus dominios, un espacio vacío, un tiempo muerto, bosques espesos y oscuros, montañas agrestes, la nieve en invierno, la luz desierta en verano. Los rumores se hacían certezas, y las aldeas próximas quedaron deshabitadas, y mis secuaces tenían que buscarme víctimas y libros cada vez más lejos; cada vez tardaban más en regresar. Eso me enfurecía, y el furor me tornaba más cruel, y más insensato. Había asegurado a mis cómplices que ellos nunca serían mis presas; no lo cumplí. Después de acabar con varios estuvieron a punto de hacerlo conmigo. La suerte me favoreció no obstante, y pude vencerlos. Pero atraer a otros pronto resultó imposible: mi fama llegaba a sus oídos antes que mis promesas. No tuve otro remedio que ir a buscar yo mismo lo que necesitaba: sangre, libros. En aquella época comenzaron mis viajes.

Viena, París, Londres, Moscú, Roma, Constantinopla-Estambul, El Cairo... ¿Durante cuántos siglos recorrí Europa, y Oriente, e incluso las Américas? ¿Cuántas bibliotecas fatigué, persiguiendo no ya una explicación para mi destino de no-muerto, nosferatu, sino conjeturas sobre la existencia humana, esa realidad cierta y pavorosa a la que yo no tenía derecho? La vida es una carrera contra el sol, una copa negra, un sueño presuroso de polvo y de jazmines, es implacablemente, imparcialmente horrible, vanidad de vanidades; una amante a veces dulce, a veces cruel. Y yo, que no volvería a soñar ese sueño de terror y de deleite, aprendí frases para repetirlas después; devoré ficciones convencido de que eran la auténtica, única Verdad, y me entretuve con libros filosóficos que no me parecieron sino invenciones para pasar el rato si no eran demasiado aburridas. Ahora que ya no buscaba un milagro, hasta en la Biblia encontré un divertimento lírico, placeres, triunfos inesperados. "Pues la sangre es vida",dice el Deuteronomio (12, 23): ¿no justifica ese versículo mi presencia en el mundo? "He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría, y también a conocer la locura y la necedad, y he comprendido que aun esto es atrapar el viento, y que quien acumula ciencia. acumula dolor. He detestado la vida, me repugna cuanto se hace bajo el sol, pues todo es vanidad", afirma el Eclesiastés, y cada vez que leo estas palabras siento una satisfacción profunda, río con una risa agria. Pero más adelante, un Salmo siempre me conmueve: "El Señor es mi pastor, nada me falta. En prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas del reposo me conduce, y conforta mi alma; él me guía por senderos de justicia en gracia de su nombre. Aunque camine por valle tenebroso, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sostienen".

Pues no hay reposo para mí, no hay días de hierba, sólo lejanas costas, nieblas que van conmigo, navíos fantasmales; la maldad más refinada que encierra a un tiempo el más absoluto, patético desamparo.

Regresé, al fin. Volví a esta tierra, a este escenario, volví a sentarme en el sillón que preside este cuarto. Tenía ganas de dormir muchos años. Lo hice.
El mundo había cambiado mientras yo viajaba; continuó transformándose cuando yo dormía. Hasta este país cerrado como sus bosques, bárbaro y antiguo como las montañas que lo defienden, cambió. El siglo veinte logró cruzar unos y otras, llegó hasta aquí con sus máquinas, sus ilusiones vertiginosas; sus guerras totales y despiadadas que me proporcionaron siempre el dormir plácido de quien ha comido y bebido hasta la saciedad.

Pero en este siglo devastador ¿qué era yo sino una criatura increíble, anacrónica, quizás hasta ridícula? Bien lo supe aquella vez en que, al despertar, encontré mi castillo ocupado por nuevos uniformes; sobre la puerta principal ondeaba al viento una bandera roja.

Es simple. No hay nada nuevo bajo el sol. Soldados y funcionarios no cambian con las revoluciones. Aunque éstas destierren a los clérigos, aunque crean aniquilar las ideas viejas, los privilegios, la superstición, el corazón de aquellos continúa siendo puritano, duro, acomodaticio. No tardan en hacerse dueños otra vez de ese mundo que trata de cambiar, y corromperlo.

Me presenté ante el jefe de los soldados; le pedí que me acompañara hasta esta biblioteca, y sentado aquí, frente a él, le dije: "Soy el dueño de este castillo y de las tierras que lo rodean. Soy, además, un vampiro". Y tomando de un estante la obra de Bram Stoker, recité en voz alta las palabras que el irlandés puso en boca de Van Helsing, el cazador erudito: "Esto se sabe por la ciencia y la experiencia de los antiguos y de todos aquellos que han estudiado los poderes de los No-Muertos. Cuando éstos se convierten en tales, con el cambio sobreviene la maldición de la inmortalidad. No mueren; viven siglo tras siglo añadiendo nuevas víctimas y multiplicando los males del mundo; porque todos los que mueren a manos de los No-Muertos se convierten a su vez en No-Muertos, y atacan a los de su raza. Y así se va ensanchando el círculo inacabable, como las ondas que produce una piedra arrojada al agua."

El oficial permaneció imperturbable. "Eres un demente, un aristócrata loco -respondió. No debes estar aquí sino en un hospital".

Reí alto y fuerte. Qué poderoso me creía aún, qué pronto descubriría que ya no lo era, que el sol que alumbró los días de mi poder se había hundido irremisiblemente, y yo, como Drácula, había perdido mi carrera contra él.

¿Cómo es posible que alguien elogie la locura, que la crea una iluminación? Ni siquiera quien se ha atrevido o se ha visto obligado a asomarse al borde de ese mundo tenebroso puede adivinar los terrores que encierra. Mejor es el vacío, la vida como uno de esos lugares perdidos en el mapa donde nunca ocurre nada, a donde nunca llega nadie, de donde nadie tiene fuerzas para irse, y lo único que apetece es quedarse quieto, oyendo el rumor del viento que nunca acaba de pasar. Mejor eso que cabalgar ese caballo desbocado e iracundo, que nos lanzará al aire y nos destrozará la nuca. Dicen que el ser humano posee la facultad de soñar dormido o despierto porque ello le permite sobrevivir cuando la realidad contraría sus deseos; lo malo es que, al igual que en la noche el sueño a veces se transforma en pesadilla, la fantasía que nos ayuda en la vigilia puede volverse perversa, devorarnos sin piedad.

Estoy cansado, y tengo frío. Recuerdo que cuando era hombre me gustaba sentarme junto a la chimenea encendida, a leer. Sin embargo debo consolarme recordando también que en el manicomio el frío era más duro, y ningún fuego bastaba para mitigarlo. Cuando logré escapar de allí, cuando pude sentarme de nuevo en esta sala, el aire glacial no me importó: era otra vez libre. Pero volvía terriblemente fatigado, y confuso. Mis libros me esperaban. Llenos de polvo, algunos se resquebrajaron entre mis dedos como flores muertas. No obstante el amarillo de sus hojas me pareció un fulgor dulce, cálido. Comprendí, para siempre, que en esos volúmenes estaba mi único reposo, mi única paz. Que de toda la memoria sólo merece la pena recordar los sueños, y de los sueños, aquellos que escribieron otros.


¿Soy un hombre loco que se cree un vampiro, o un vampiro loco que se sueña un hombre que se cree un vampiro? Si me he inventado cuanto he dicho hasta aquí ¿cómo es posible que me recuerde con tanta precisión, escribiendo sobre mi vida -mi no-vida- en siglos sucesivos, con pluma y tintero, con papel y bolígrafo, y ante la pantalla líquida de un ordenador, tal como ahora mismo estoy? ¿Acaso lo he copiado todo de los libros? Pero a mi derecha, sobre esta mesa de roble, se apilan algunas de mis obras favoritas: las primeras ediciones de Frankenstein, de Carmilla, de Drácula: compradas en 1818, 1872, 1897, respectivamente; y una antología de poemas de Borges que adquirí en Londres, en 1980, y otra de Pavese que encontré en Budapest hace pocos años. A mi izquierda hay algunas cartas escritas en papel, y frente a mí la pantalla azul, la puerta abierta al infinito, a ese ciberespacio por el que navego en busca de ficciones para entretener mi inmortalidad, de citas que robo para las cartas que ahora envío sin necesidad de sobres, con un solo golpe de luz. Pues siempre he sabido adaptarme a la época que me ha tocado conocer, e incluso reconozco que me deleita nombrarme vampiro cibernauta. Pasaron los tiempos en que me veía obligado a registrar bibliotecas para satisfacer mi pasión, aunque me siguen gustando esas salas de lectura que se elevan hacia el cielo con la verticalidad de la nave de una catedral, y donde mi presencia oscura no llama la atención, pues soy sólo otro extravagante aficionado a los volúmenes viejos que nadie tiene ganas de convertir en libros electrónicos. También pasaron los años en que debía abandonar mi castillo en pos del alimento de este cuerpo que exige sangre ajena para subsistir; o en que tenía que atraer a esas víctimas hasta aquí con largos engaños y astucias.

Debo explicarme mejor. Como es bien sabido, los vampiros somos consumados seductores, sobre todo cuando no sólo buscamos la sangre de nuestras presas, sino pretendemos enredar su corazón, someterlas a nuestro poder, despertar en ellas ansias desconocidas. Hay vampiros conservadores, que prefieren doncellas pudibundas, o damas virtuosas y de carácter recio como la Mina Harker de Drácula, que sólo al final del relato parece estar a punto de sucumbir, de entregarse a la tentación del beso del vampiro. Sin embargo otros, como yo, admiramos a las mujeres fuertes y libres, dueñas de su cuerpo y de su alma. Yo -ya lo dije hace muchas páginas- soy un vampiro sentimental; mi corazón es vehemente y apasionado, proclive a dejarse llevar por el amor en numerosas ocasiones, por arrebatos que pueden durar un día o largos años. Nunca olvidaré a Elizabeth, pero hubo otras que me consolaron de su pérdida. No negaré que la mayor parte de ellas no me correspondieron; mas ¿qué importa? Las delicias del amor soñado son indudablemente más intensas que las del amor hecho realidad. Me pregunto por qué Dios -si existe- dotó a sus criaturas de la capacidad de la fantasía: si fue un sarcasmo para hacerles detestar su existencia al compararla con sus ilusiones, o una compensación por la torpeza de su Obra; me pregunto si los sueños impiden la vida o bien la desesperación.

Divago en exceso, y con palabras que ni siquiera son mías. Pero yo siempre me he complacido en robar frases ajenas, en moldearlas a mi gusto y usarlas como instrumentos de conquista. Las mujeres suelen ser vulnerables ante ellas, de modo que no he necesitado otra arma para atraerlas hasta mí, para que me entreguen su sangre, y su voluntad. Sólo aquellas que no me amaron se resistieron a mi voz, quizás porque enamorado me vuelvo tímido, indeciso al no encontrar frases suficientemente hermosas que expliquen mis emociones. Las que no me amaron sabían defenderse de la compasión, que es la trampa que les tiendo a todas.

Les escribo cartas tristes igual que ésta que ahora empieza a extenderse en mi pantalla para una mujer desconocida. Tecleo: "Encontré en la Red tu llamada buscando nautas amigos, navegantes solitarios como tú. Me dije: he aquí alguien que tal vez pueda comprenderme. Te hablaré de mí. Pero esta blanca página en mi pantalla no debe ser manchada con mi verdadero nombre. Pues mi estirpe ha sido excesivas veces objeto del escarnio, del horror, del odio. Soy un proscrito, un condenado; el mundo me dice capaz de las infamias más negras. Y sin embargo no entiende que no soy culpable de nada, no se compadece ni por un instante de mí, de la soledad de mi desdicha. Los hombres me llaman loco, criminal o monstruo; consideran que mi destino está regido por astros siniestros, por el terrible Saturno. Sólo son capaces de verme enlutado y al acecho en mis aposentos sombríos, cerrados por negras colgaduras, estancias donde la pesadez de la atmósfera sofoca. ¿Cómo podrían saber que también a mí este decorado me llena de terror, que el tedio y la melancolía tejen como arañas mudas sus telas en todos los rincones de mis pensamientos? Y de esas redes pegajosas no me libra sino mi imaginación ardiente, la tendencia contemplativa de mi espíritu. A quienes sólo sueñan de noche se les escapan muchas cosas que conocemos quienes soñamos de día. Si yo pudiera describirte con palabras mis visiones, a veces exaltadas, brillantes; otras, dulces, de delicados matices... A veces, a esta hora en la que te estoy escribiendo, la hora fría en que la naturaleza está en su punto más bajo, y el fuego de mi chimenea empieza a morir, y afuera la nieve cae en ráfagas entre la niebla helada que oculta la luna, aunque incluso en esa oscuridad hay luz, la que siempre destella de la nieve, y todo está envuelto en un silencio mortal, mi desasosiego, mi dolor son tan absolutos que sólo quisiera una presencia amiga para escucharme, aunque estuviese muy lejos, tan lejos como tú te encuentras. Me basta que dejes de dormir para leer esta carta que te envío. En esta hora fría del amanecer sueño con el amor, con un cuerpo terso y cálido, rosa de mis deseos. ¿Acaso no tengo derecho a esa gracia, a ese don que nos permite ver al otro como sin duda lo ve la divinidad? Bien sé que mis ensoñaciones son sólo la balsa de un náufrago; que la vida es un tormento, aunque se puedan extraer ciertos placeres de esa tortura; que en todo enamorado se esconde un enemigo; que al final estamos solos frente al espanto de un extraño. Ah, pero yo sigo construyendo un amor que me devuelva a la luz, a los campos verdes que adivino detrás de las ventanas de mi castillo; alguien a quien podré decir -yo, el vampiro: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

Ella vendrá. ¿cómo podría resistirse a palabras tan dolientes? Vendrá. Ella, u otra. Mientras, para entretener la espera, seguirá conectado; yo, que prefiero la ficción a la realidad ¿cómo no habría de navegar por el ciberespacio en busca de alimento? Y si mi ansia -de sangre, de relatos- es demasiado fuerte, jugaré, como tantas otras veces en tiempos pretéritos, a ser el sultán de Las mil y una noches. Escritores cibernautas escucharán mi llamada. Si a mi hambre le resulta imprescindible, haré que esta Red les atraiga en persona a mi castillo. ¿Quién será la Sherezade a quien perdonaré la vida para seguir disfrutando de su imaginación? Cierro los ojos para oír esa voz que relata y me hace olvidar mi negra suerte de vampiro. Cierro los ojos, y escucho.

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