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En
1999 hacía colaboraciones en prensa y me pidieron que escribiera
unas setecientas palabras al estilo de un diario de una mujer estresada.
Nunca lo publicaron, claro.
Versión
de la primavera del 2004
-¿Y qué haces últimamente?
-Pues, no sé... No paro... No sé...
(NARRACIÓN ESTRESADA
DE UNA ACTIVISTA ESTRESADA)
Abro los ojos sobresaltada, urgente,
que no me despierte la histérica alarma. Me siento frente
al ordenador con un café, pierdo un solitario y -sepultando
el amago de exasperación- abro el correo electrónico:
información sobre la guerra escrita por ONGs de los Balcanes.
Es urgente traducirla y difundirla. De paso, la llevo esta tarde
a la concentración. Empiezo a elaborar el dossier. Al cabo
de dos horas retomo -al fin, porque llevo meses de retraso.. la
traducción del libro; un estudio de la lucha noviolenta en
las zonas de conflicto. Consigo hacer cuatro páginas antes
de que llegue Alexa, soy una máquina. Ella trae croissants,
pero no puedo comer, tengo el estómago contraído.
Mientras hacemos café, pongo una lavadora. Damos la clase
de inglés, hablamos del cuadro que me regalará a cambio,
es un trueque, y nos despedimos. Vuelvo al ordenador, pierdo otro
solitario y repaso las páginas traducidas hoy. Imprimo el
dossier de la guerra, tiendo la ropa.
El tiempo se me echa encima como en emboscada, cómo es posible.
..Me visto de camino a la cocina, echo leche en un cazo y luego
el puré de patata en copos. Mierda, no hay mantequilla. Chocolate
negro y una naranja mientras me cepillo los dientes. A la bolsa
los papeles, los libros, las llaves, el tabaco de animales, un bolígrafo,
la agenda, el abono-transporte y cinco mil pesetas. Salgo corriendo.
En el tren, leo a Faulkner, pero como si fuera poesía, dejándome
llevar, sin entender nada. Tengo tanta velocidad en la cabeza como
los postes que pasan. Al bajarme me doy cuenta de que me estoy muriendo
de sed. Un puesto de helados, veinte colegialas delante: dos fresas,
una nube, un melón, espera que me lo pienso, 3 del regaliz
rojo, 2 del negro, seis chicles de cola... Nunca tendré hijos,
lo decido. Consigo el agua y vuelo a fotocopiar el dossier, cuatro
mil pesetas. Llego a clase sin tiempo a pasarme por el servicio.
Explico las subordinadas adverbiales condicionales. A tercera hora
noto que me baja el periodo. La hostia. Pido una compresa en Jefatura
de Estudios. Por suerte han arrancado el espejo del servicio. Vuelvo
a clase. Dicto el siguiente ejemplo: "Si no tuviera el periodo...".
Un alumno protesta: es chico y no piensa copiar la frase, no es
maricón. Nunca me acostumbraré. Termino sin más
derramamiento de sangre que el mío. Salgo disparada a Madrid,
a la concentración contra la guerra que se celebra en Sol.
Preparo las clases del día siguiente en el viaje.
En el kilómetro cero, en lugar de mujeres vestidas de negro
y en silencio hay una ruidosa manifestación de jubilados.
Subo a la plaza del ministerio de Asuntos Exteriores porque ya habrán
ido a abrazar el edificio. Encuentro a otras activistas, en guerra
de eslóganes con un grupo político que se ha puesto
enfrente y nos insulta. Miro a los policías; no sé
si están sorprendidos, o si nos miran con soma. Veo una tienda
abierta y compro leche. Parece que no hay manera de formar la cadena.
y de pronto, no sé bien cómo, resulta que se ha sumado
más gente, y conseguimos formar dos corros alrededor del
ministerio. Un alivio.
Ahora reproducimos un bombardeo en la plaza Mayor. Dos nos ponemos
a distribuir los dossieres mientras la guerra de eslóganes
y los insultos se desatan otra vez, con virulencia, y me entran
ganas de dejar el pacifismo, para pegarme con todos. Un hombre con
un rudimentario megáfono llama a la colaboración y
parece que la situación se calma. Empiezan a sonar las
sirenas. Se oyen disparos, caen los primeros muertos. Sigue una
bomba, ráfagas de disparos, una larga y quejumbrosa sirena...
Todo el mundo empieza a caer. El nudo del estómago me sube
a la garganta. Pero no hay tiempo: escapo con una amiga, porque
tenemos que dejar unos carteles en el local del grupo.
Hacia la medianoche, llego al café donde leeremos el sábado
unos relatos, hablo con la dueña para ultimar los detalles,
y dejo convocatorias contra la guerra en las mesas. Es entonces
cuando me acuerdo de la leche. De que se quedó junto al caballo
de la plaza.
Llego a casa sin sentir el cuerpo, pongo la tele y ojeo mi correspondencia:
el banco, los deberes corregidos del curso a distancia, publicidad
a mi nombre, anoto "denunciar". Apago la tele porque es
insoportable, enciendo el ordenador y gano un solitario. Vaya. Fueguitos
artificiales. Abro el correo electrónico y lo cierro inmediatamente
(hay 25 mensajes nuevos). Me ducho, cojo el agua y me meto en la
cama. Tengo miedo de no dormirme. Sueño que los militares
han arrasado con todo, pero nosotras estamos vivas y ellos no lo
saben y quizá podamos liberar a la gente esclavizada. ..Me
despierto. Me desespero un poco. Me desespero bastante. Salgo a
recoger la ropa tendida,
así me da el aire. Abro una lata de cerveza, que siempre
es mejor que una tila. Me siento, y así, como una arcada,
empiezo a escribir un poema.
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