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LA CATEDRAL

Llevo tus perlas como un rosario de lágrimas, tus perlas gruesas del mar, del mar aroma tuyo que las barniza con su laca, sobre mi carne cansada, indefensa ante el vacío más absoluto, sin esperar ya nada. Ante el espejo de una infancia, tus perlas pesadas, tu aroma, grupa sobre la que cabalgo lejos. Lejos de la silla, de la sopa, veloz e inmóvil, atravesando los bosques más olvidados como una sombra de martín pescador, como un leopardo sin suelo.


En el jardín he dispuesto los objetos vinculados a tu felicidad, objetos tan sólidos como la piedra de mis dedos. Allí, cuando la bruma lo borra todo, me convierto en la niña avellana, tu hija, la que fue anunciada al mundo desde la opulencia. Después me llega tu imagen de buscadora de ostras en los arrecifes del mundo tuyo y me pregunto cómo fue que tú parieras a quien sólo podía crecer lejos del mar y de ti.

Guardo en la caja burdeos de los colores más antiguos el collar que soy incapaz de ponerme, guardo las mariposas que limpiaste durante tu otra enfermedad. Las mariposas lanzan destellos blancos mientras se enganchan, caen y se quiebran. Estoy sola, sentada sobre tu historia, vigilante, bajo los cálidos bustos de mujeres estrelladas.


La catedral
V
 
 

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