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LA CATEDRAL

Como la fiera desperté un amanecer del sueño de la noche de amor última. Desperté junto a un niño marcado por los golpes del acero, que, atónito, observaba cómo yo, tirada sobre la yerba de un campo inculto, paría brillantes tigres de bengala con ojos de cristal verde. Él era un niño a la deriva y yo una mujer sin rumbo. Los tigres nos arrancaron del asombro, poniendo en mi boca la ternura, y emprendimos camino, arropados los unos contra los otros, hacia un lugar amable donde dormir el dolor hasta que los ciclones nos obligaran a separarnos. Volvía a despertar y el sueño volvía, y no era capaz de buscar la casa, de enfrentarme al pasillo, a las latas, a las suelas de mis sandalias.



La catedral
IV
 
 

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