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RELATOS

 
Carta desde la zona de conflicto

Hay que endureserse sin perder la ternura jamás

Te escribo sin saber si esta carta llegará a tus dedos con uñas de niña nerviosa. El rugido de la lluvia me ha lavado de toda emoción antigua. Estrelladas contra el suelo del jardín y aplastadas por el cuerpo denso del agua, así están las emociones. Estoy empapada de lluvia, sudor y miedo. Es el clima. Entiende esto: no podemos salir, no podemos comunicarnos con nadie, por la lluvia. ¿Entiendes? Por la lluvia. Quiero recordarte, porque hoy tengo la sensación de que todo está muerto, de que todas las personas están muertas. Quiero recordarte y creer que estás viva. Quiero pensar que te llegará esta carta. Te llegará.

La lluvia ha disuelto la superficie de la tortuosa carretera. Estamos incomunicadas. La tensión es extrema. Salgo a la terraza de la casita alpina. Sé que las baldosas son de color terracota. Están siempre húmedas, lo que les da un aspecto lechoso. Los postes de madera, descompuestos hasta su centro por la humedad, sostienen el tejado a dos aguas que soporta el torrente del trópico. Diviso, desde este lugar perdido, incomunicado, a través del cortinaje de cuentas que son gotas que forman riadas verticales, la mancha borrosa del pueblo que se envuelve en el ocaso. Huele a lluvia, sobre todo, y un poco al fruto de la papaya y a pino.

La vibración de la potente caída del agua hace sonar el metal y la cerámica de los móviles que cuelgan en el balcón. Su sonido tan solo se adivina, porque lo que suena, sobre todo, es la lluvia. Es un sonido devastador…

Juan acaba de subir café dulce, pan recién hecho y un poco de mango magenta. Cenamos abriendo un silencio propio contra la lluvia. Es inútil hablar. El aire huele a descomposición.

Llevamos 97 horas sin teléfono. La carretera es ahora un río que fluye desquiciado. No hablamos desde hace dos días, pero nos alivia la compañía mutua. Juan no ha perdido el control de su sistema nervioso; o más bien, no del todo: un tic en el ojo izquierdo delata cierto grado de desequilibrio. Pasa el día leyendo, releyendo, cocinando, limpiando, traduciendo. A mí me ocupa el día ser consciente de que estamos vivas, de que tras la masa de agua del jardín, la vida sigue, con su guerra. Centroamérica es una región en guerra.

Hace tiempo quemamos nuestros diarios. Y la agenda de direcciones y notas. Ahora nos preparamos para marcharnos cuando la lluvia amaine. (Será difícil bajar por lo que quede de la carretera... Este lugar está demasiado alejado de cualquier parte). Hemos quemado todo tipo de papeles: cartas, tiquetes de bus, de la compra, folletos y boletines. Hemos quemado hasta los periódicos. Y no las traducciones. Nos arriesgaremos a llevarlas encima. Tratan de la lucha noviolenta.

Te parecerá que todo esto no tiene sentido. Pero aquí, estar en posesión de un papel donde diga "justicia" puede costarte la vida. Y un nombre ajeno en el bolsillo, la vida de otra persona. La guerra no trata sólo de los campos de batalla.

Una miga de pan en el jersey de Juan me ha recordado nuestro viaje a la sierra. Hicimos una fogata y tostamos el pan que habías comprado en el pueblo. Fue un día feliz aquel día. (Estoy tan agotada por la lluvia que no tengo fuerzas para recordar).

Tenemos miedo. El teléfono funciona de nuevo, pero no debemos utilizarlo. No ahora que estamos tan desesperadas. No ahora que podríamos incluso dar la vida por que la gente que conocemos no haya sido capturada, torturada, desaparecida, asesinada. Hay que conservar la calma. Creemos que pronto amainará.

Pronto sabremos qué crímenes facilitó la lluvia.

No me escribas. No hables de mí a nadie. Si te preguntan, lo de siempre: que estoy bien. Intentaré llamarte si llegamos a México. No estoy mal. (Esto es un desahogo). Es insoportable cuánto te echo de menos. Te mandaré la carta cuando encuentre a alguien de confianza que vuele a Europa. Te quiero. Te ruego que te cuides. Te quiero. Te quiero mucho.


*   *   *

Carta encontrada junta a una de las mujeres extranjeras que aparecieron asesinadas en una zona montañosa cerca de Chiquitán.
El ejército ha manifestado que se trataba de guerrilleras.
No ha sido posible identificar los cuerpos.

 

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