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Poemas De la sangre

 

A Carmen Reñé

LA PERSIANA  

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Retener un espacio de luz en la habitación conocida
donde mi cuerpo flaco aprendió a ondularse con la música
las mañanas desocupadas e íntimas
frente a tus espejos largos que multiplicaron mi cabeza alada.
Porque, es cierto, no fuimos madre e hija,

bajo las sábanas crujientes de la mansión vi todas tus películas.
Luego descubrimos juntas las tierras altas de tus acantilados
(yo tu frágil mastín arrogante contra todo,
tú frívola e inocente en los pegajosos laberintos del mundo feo).
Verás, no lo sabía, que ante mis pies móviles
encontraría un arma, que yo sería tu verdugo, tu pequeña niña responsable,

 
pues es real que te quería,
que entonces te hubiera sido fiel contra mis venas.
Y ahora desde el exilio apareces compacta, atravesándome, mirando lejos.
Te exijo respuestas, caracolas, nanas,
y no palpita la puerta que cerraste sobre ese espacio de luz,
sepultado con madalenas y somníferos,
mientras yo afilaba el hacha, con furia, dormida, rota.
Y no sé qué esperas de mí, o si has decidido acompañarme,
pero estoy aquí, en lo que queda de la casa, sola y a oscuras,
dándome en tu porcelana amarillenta un baño de ceniza.
 

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