De la gramática a la escritura
Talleres de Lola Robles

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De cómo hacer hablar a nuestros personajes: El diálogo en la narración

Como preámbulo voy a referirme brevemente a la teoría de los actos de habla , del lingüista J: L: Austin:

Mientras la gramática tradicional se limitaba a distinguir básicamente entre oraciones afirmativas, interrogativas e imperativas, para Austin las palabras y oraciones, cuando se convierten en enunciados (el fragmento de habla producido por una persona en un tiempo y lugar concretos) pueden usarse para firmar, preguntar o mandar, pero también quejarse, agradecer, saludar, advertir, excusarse... : realizan así actos ilocutivos , condicionados por las convenciones culturales de cada sociedad. Además está el acto perlocutivo : el efecto que el hablante produce en el oyente: alegrar, asustar, sorprender, convencer...

Por tanto los hablantes nos comunicamos a través de un intercambio interactivo de ilocuciones y perlocuciones. Y cuando escribimos y hacemos hablar a nuestros personajes, éstos pasan a actuar del mismo modo.

En la escritura, los personajes pueden hablar, básicamente, de estas tres formas: (todos los ejemplos siguientes pertenecen a La Regenta , de Clarín)

a ) estilo directo : la voz narrativa se limita a presentar lo que el personaje dice con sus propias palabras:

“Cuando Benítez la sorprendía en estas horas de calma triste y muda, le preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda:
–¿Está usted contento?
Y con otra sonrisa triste, fría, contestaba el médico:
Bien, Ana, bien... Me alegra que sea usted obediente."

b) estilo indirecto: la voz narrativa nos cuenta lo que el personaje dice:

Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en confesión, que no sabía si era una buena obra o un pecado lo que iba a hacer...

c) estilo indirecto libre: la voz narrativa nos presenta lo que dice el personaje igual que en el estilo directo, pero en 3ª persona:

La exageración de aquel sentimiento de cólera injustísimo, pueril, la hizo notar su error. “¡Ella sí que era ridícula! ¡Irritarse de aquel modo por un incidente vulgar, insignificante! (...) ¿Qué motivo racional de queja tenía ella?”

d) monólogo: el personaje habla solo, a veces consigo mismo, a veces con un tú imaginario, pero no hay frente a él un interlocutor que pueda responderle. Aquí se encuentra también el fluir de conciencia, que intenta reproducir los pensamientos, más o menos coherentes, de los personajes (ejemplo clásico el Ulises de Joyce)

La narrativa del siglo XX, que dio aportaciones tan importantes como el desarrollo del monólogo interior, fue sin embargo renuente al uso del diálogo (salvo casos como la novela social). El diálogo, puro estilo directo, es la base del género dramático, pero su papel en la narrativa no deja de ser importante, ya que a través de él los personajes actúan por sí mismos, y deben convencernos de que son criaturas auténticas, verosímiles, aunque ficticias.

Más aún: en una narración podemos pasar por alto algunas frases menos logradas, pero un mal diálogo chirría inmediatamente, y esa disonancia, repetida, puede llegar a cargarse el mejor texto.

¿Cómo se escriben un buen diálogo? No es fácil encontrar instrucciones . Plantearé algunas posibilidades, basándome en el libro Cómo se escribe un guión de Michael Chion (editorial Cátedra, 1992) donde el autor nos hace una interesante enumeración de las funciones del diálogo, que si bien dirigida a la creación de guiones, puede servirnos es la escritura narrativa:

–hacer avanzar la acción.
–comentar la acción.
–comunicar informaciones.
–revelar conflictos y estados de ánimo de los personajes.
–caracterizar a los personajes.

Otra cuestión que plantea Chion es la necesaria estilización del diálogo: por muy realista o coloquial que pretendamos que sea, el diálogo debe estar tratado literariamente: pues aunque resulte paradójico, la trascripción rigurosa del hablar cotidiano a la escritura produce, al ser leída, ese chirrido del que he hablado antes; mientras que un diálogo que nos parece natural y fluido, si lo observamos bien, tiene poco de real: no hablamos así.

Es necesaria pues una elaboración literaria, y que el diálogo cumpla una función: si no es así, si su presencia es gratuita, quizás merezca la pena eliminarlo. Igual que la teoría de los actos de habla permite comprender que siempre hacemos algo con las palabras, tendríamos que plantearnos para qué sirve lo que le hacemos decir a nuestros personajes.

Otro concepto lingüístico que puede sernos útil es el de los principios de cooperación comunicativa, una serie de reglas sociales que los hablantes intentamos seguir en la conversación:

a) pertinencia o relevancia: atenerse al tema de la conversación.

b) cantidad de la información: los hablantes deben decir justo lo que sus interlocutores necesitan saber: ni menos (es decir, dar toda la información necesaria); ni más (para no producir confusión).

c) calidad: la información debe ser lo más sincera y clara posible.

La aplicación de estos principios a los diálogos literarios puede sernos útil en lo que supone de depuración y concisión estilísticas. Ahora bien, no siempre los hablantes seguimos esos principios son otras en nuestras conversaciones. Su trasgresión, que obedece a muchas causas, puede resultar muy efectiva reflejada en la escritura. Pensemos en una situación tan poco cooperativa como las discusiones de pareja. Como muestra, he aquí un fragmento del relato “Entre Nueva York y Dretoit”, de Dorothy Parker (incluido en su libro La soledad de las parejas ). El relato se limita a transcribir una conversación telefónica entre la chica y el chico:

–¿Oiga? –dijo la muchacha en Nueva York.
–¿Diga? –respondió el joven en Detroit. (...)
–Me he quedado aquí sola, sin salir para nada. Así es mejor, porque no quiero ver a nadie. Todo el mundo me pregunta cuándo vas a volver y si he tenido noticias tuyas, y temo echarme a llorar delante de ellos. Me duele tanto cuando me preguntan por ti y he de decir que no...
–Esta maldita conexión es lo peor que he visto en mi vida –le interrumpió él– ¿Qué es lo que te duele? (...)
–Jack, yo... estoy muy preocupada, a punto de perder el juicio. (...) ¡Oh, Jack, Jack, vida mía! –No puedo oír tus susurros. ¿Por qué no hablas más alto? –¡No puedo gritar por teléfono! ¿No lo entiendes? (...)

–Me rindo. Primero susurras y luego gritas. Esto no tiene sentido. No puedo oír nada con esta mala conexión. ¿Por qué no me escribes por la mañana? Haz eso ¿quieres? Yo también te escribiré.

El joven de Detroit ha roto la norma de la pertinencia , al evitar constantemente referirse al tema que propone ella. ¿Cómo puede reflejarse en la escritura la trasgresión del principio de sinceridad? Creo que sirve este ejemplo, de la novela Mi prima Rachel , de Daphne Du Maurier (la autora de Rebeca ). El narrador y protagonista, Philip, está profundamente enamorado de Rachel, aunque sospecha que ella intenta envenenarle.

Vino a verme mi padrino y Louise también (...) Rachel, como siempre, dominaba la situación y encauzaba la conversación por derroteros convenientes. La exposición agrícola, el noviazgo de la segunda de las Pascoe, el calor reinante...; todos ellos eran temas fáciles. Pero ¡qué distintos serían nuestros verdaderos pensamientos!
“Lárguese de Inglaterra antes de destruirse usted misma y a este pobre muchacho”, hubiera dicho mi padrino.
“La amas más que nunca. Lo leo en tus ojos”, diría Louise.
“Dejadme con ella, e idos...”, les hubiera suplicado yo.
En cambio, nos aferramos a las palabras corteses y mentimos.


Y no puedo resistirme a terminar con un diálogo inolvidable. Hablan Sterling Hayden y Joan Crawford: es Johnny Guitar.
ÉL.- Dime algo agradable.
ELLA.- Por supuesto. ¿Qué quieres que te diga?
ÉL.- Dime una mentira. Dime que me has estado esperando todos estos años. Dímelo.
ELLA.- Te he estado esperando todos estos años.
ÉL.- Dime que te habrías muerto si yo no hubiera regresado.
ELLA.- Habría muerto si tú no hubieras regresado.
ÉL.- Dime que me quieres todavía como yo te quiero.
ELLA.- Todavía te quiero como tú me quieres.

ÉL.- Gracias, muchas gracias.

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