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Por Lola Robles
En España no ha existido una tradición importante de escribir ciencia ficción, género que ha tenido un desarrollo mucho más amplio en los países anglosajones, y algunos de lengua hispana como Argentina. Sí se ha cultivado su lectura, con revistas históricas como Nueva Dimensión. No obstante, es posible que se siga considerando un subgénero limitado al círculo de autores y lectores especializados, a un público más bien juvenil, y al tratamiento de los temas científico-tecnológicos. Desde este último punto de vista, la ciencia ficción se aparta de la literatura general (la "gran literatura"). No ocurriría lo mismo con la novela policíaca y negra, abordada por autores a los que resulta imposible reducir a escritores de género: es el caso de Vázquez Montalbán.
Sin embargo, ese abordaje se ha producido también, para la ciencia ficción, en las narrativas de lengua inglesa, de la mano de autores como George Orwell, Angela Carter o Anna Kavan.
Por otro lado, hay obras de ciencia ficción que han pasado a formar parte -por eso que se llama derecho propio de la gran literatura: con nombres como Stanislaw Lem, Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, o, en lengua castellana, la argentina Angélica Gorodischer.
La cita con que comienzo es la frase que cierra La mano izquierda de la oscuridad (una de las mejores novelas de Le Guin, y posiblemente una de las mejores historias de ciencia ficción que se han escrito). Nos abre a uno de los temas más característicos del género: la invención de mundos extraterrestres cuyos habitantes y culturas pueden ser muy distintos a los que conocemos. O no tanto.
El argumento de La rosa de las nieblas nos sitúa dentro de ese ámbito: el de un planeta extraño y remoto, Niflheim (que en la lengua nativa de sus pobladores significa precisamente 'niebla') al que llegan los cuatro tripulantes de una nave espacial. Han venido a cumplir una misión: contactar con los habitantes de ese mundo los niflungars para encontrar un medio de enfrentarse y vencer a Ingvar, el Emperador de la Galaxia, niflungar también, que ha conseguido dominar todos los mundos con poderes al parecer sobrehumanos. Nada saben acerca de esas gentes sólo hay leyendas terribles e imprecisas, ni sobre un planeta que se les presenta como un paisaje desolado y hostil. Para los cuatro extranjeros dos mujeres y dos varones, unidos tan sólo por la necesidad de cumplir esa misión comienza una larga aventura a través de una naturaleza desconocida, y también de una sociedad que se ven obligados a intentar comprender.
La rosa de las nieblas es, quizás, primero que todo, una novela de viaje (con todo lo que el viaje tiene de odisea donde hay que sortear cada vez un nuevo peligro): pero no sólo geográfico sino también humano, hacia los otros desconocidos.
Es, asimismo, una historia situada en un marco propio de la ciencia ficción, que recoge elementos de otras ficciones del género que van desde La guerra de las galaxias a las novelas de Le Guin. Y sin embargo, también los toma de La Ilíada, El cantar de los Nibelungos o las sagas islandesas. Pues Niflheim no es un mundo del futuro dominado por el desarrollo de la tecnología, sino una sociedad feudal que no es nueva, desde luego, en la narrativa de ciencia ficción.
Sin embargo, el contenido de ese marco-continente-planeta (todo lo que ocurre en Niflheim: los conflictos amos/esclavos, mujeres/varones) pronto no nos resulta para nada extraño, sino más bien demasiado conocido, familiar. Tanto como el enfrentamiento entre los que llegan del espacio y los que habitan allí, y que supone, más allá de una lucha por vencer o sobrevivir, la oposición entre culturas y gentes distintas que, inevitablemente, no sólo deben pelear sino entenderse.
Así que La rosa de las nieblas puede leerse como una novela al fin de todo realista. Queda, por último, el placer de sumergirse en una narración donde la aventura y ese no saber qué pasará que la acompaña es primordial: que nos cuenten historias; que nos dejen, incluso al final, en suspenso.
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