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CIENCIA FICCIÓN |
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Title |
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Cayeron en un letargo del que les despertó la lluvia, mansa, suave, como la caricia de una madre, infatigable y consoladora. Porque aquella tarde no descargó la tormenta. El rostro del padre se había vuelto borroso y blando, irreconocible. Durante las horas de sol una semilla había germinado en su boca abierta, transformándola en una balanceante orquídea, en las órbitas hundidas temblaban dos espejos de agua estancada sobre los que flotaban dos arcos iris muertos. ¿Eco de cascabeles de plata? ¿Arrullo de pájaros? Comprendieron la burla, la trampa del Viejo. Había hurgado en sus mentes, rebuscando entre los posos de supersticiones olvidadas que reviven en los niños. Los zombies aborrecen la sal, es el aliento de la vida. Los utilizó para destruir al padre, al usurpador de su mundo; los obligó a participar en un juego maligno, solapado, cuyas reglas empezaban a comprender. Mientras no lo entendieron hasta fue divertido, eso era lo peor, conocer la vergüenza. Sentir como fermentaban en ellos milenios de angustia y soledad. Esa caricia de los tallos como dedos maternales que arropan, tan delicada, casi imperceptible; ese continuo deslizarse creciendo sobre su piel y acariciándola, también era vergonzoso. Las lágrimas y no saber palabras, no conocer la palabra que se pudiesen decir el uno al otro, para volverse a unir. Completamente inmovilizados, oyeron el rumor de pasos que se acercaban. No podían volver la cabeza. Ante sus ojos, en el espacio que abarcaban con el giro de su mirada, surgieron docenas de figuras, retorcidas como raíces desenterradas. Sobre ellos descendía la vertiginosa espiral de los murciélagos blancos, que hacía mucho tiempo semejaron un vuelo de ángeles. Podían matarles pero, ¿y si conocían la clemencia y les condenaban a vivir? Y había también la otra alternativa, aún peor. |
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