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Aborrece la sal
Por María Guera y Arturo Mengotti

Relato con 7 divisiones. Leer en web: 1 * 2 * 3 * 4 * 5 * 6 * 7 * 8

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(27 páginas en Word)

Pasaron por el cielo muchos soles, cruzaron tras ellos las tormentas, cayeron noches, otra vez el océano de leche hirviendo que se desborda. Alrededor, en la jungla, siempre silencio.

Mientras no se agotasen los víveres serían dos Robinsones en su isla desierta, porque ninguno de los dos se iba a prestar a hacer de Viernes; además, tenían uno que obedecía siempre, y tenían botellas multicolores para saborear topacios, esmeraldas, rubíes, era maravilloso. El padre casi siempre permanecía hecho un ovillo en un rincón, fuera del paso, donde no estorbase, a veces recibía órdenes absurdas, durante días enteros lo ignoraban y yacía relegado al olvido de la vigilia. Habían acabado por admitirle dentro del hangar a causa del posible deterioro, casi les extrañaba la ausencia de una enorme llave en su espalda que diese cuerda al muñeco mecánico. Era demasiado sencillo. El polvo se acumulaba sobre él, tenía algunas quemaduras en el traje, en los lugares donde cayera una colilla arrojada por encima del hombro con descuido; por lo demás ya no cambiaba. Si olía no lo percibían, se habían habituado y además estaban esos deliciosos aromas a menta, guinda, naranja, hierbas aromáticas. Los vertían a propósito de los frascos, para respirarlos y que les ayudasen a trasladarse con la imaginación. Islas rodeadas de espuma y mar tan azul, ciudades donde la luz era color canela, bosques de árboles frutales bajo la luz tan suave de la luna.

Hasta que un día se asomó Lone al umbral y gritó:

–¡Mira! ¡La selva está avanzando otra vez, Lani! ¿Cuánto tiempo habrá pasado?

La niña se alzó de hombros y señaló hacia el extraño, relegado a un rincón:

–¡Mándale que trabaje! Que la detenga él, que no se puede cansar.

–Los hoyos están cavados, pero las raíces no murieron, no tienen sal, porque eso lo hicimos siempre nosotros.

–Bueno, pues que lo haga ahora él ¡Déjame en paz!

–No, han crecido demasiado, tendremos que cargar mientras maneja la excavadora; han aparecido brotes nuevos. ¡Vamos, rápido! –ordenó–, ve a destruir las plantas.

Dócilmente, el cuerpo se irguió, fue hacia los bidones de combustible y salió, muy erguido, sin tambalearse con el peso.

Los niños jadeaban arrastrando los sacos, no se hablaban, pero ajustaban sus movimientos para evitar esfuerzos; volvían a recordarlos, despertaban otra vez a ese mundo terrible en el que habían caído.

Afuera, la alta silueta del padre se recortaba, pegada contra la fosforescencia verdosa de la jungla, una sombra negra proyectada contra una pantalla. En torno suyo, una mano invisible encendió hachones funerarios y las flores bostezaban enviándoles su aliento almizclado. Los fuegos fatuos guiñaban mensajes de un código secreto. Pronto los dedos del autómata iban a despertar la máquina que con su estruendo lo dominaría todo. El no podía cansarse, vencería a la noche.

–Antes llenemos las fosas antiguas.

–Abre el saco y vacíalo –gritó Lone. Las manos muertas arrancaron la cuerda de un tirón y se hundieron en los cristales blancos. El rostro recobró la vida de pronto, como una casa vacía en la que un desconocido enciende las luces, se borró la máscara y apareció una expresión de asombro, asco y terror infinitos. Del fondo de las entrañas descompuestas brotó un clamor de condenado que había estado fermentando. Saltó hacia atrás y arrojó la sal lejos de él. Lone retrocedió a su vez, asustado.

Lani le apartó de un empellón y volvió a ordenar:

–Siembra la sal –ella no iba a acobardarse, estaba acostumbrada a lo insólito.

Pero el padre huyó, tropezando con las raíces; su sombra caía y se alzaba, sus aullidos rebotaron contra los troncos oscuros y la selva se llenó de ecos.

–Volvamos al hangar. No le podemos seguir de noche, mañana al amanecer lo encontraremos –cogió a su hermano del brazo y le palmeó la espalda, ya no serían jefes por turno, los cobardes sólo pueden obedecer.

–Sí –dijo Lone, mohíno– lo necesitamos para que trabaje, no podemos perderle.

Antes de que reventase la llaga blanca del cielo, comenzaron a buscarle. Toda la noche le habían echado de menos, el hangar parecía enorme sin él.

No dejó rastros en su huida, las ramas tronchadas volvieron a erguirse, él cieno chupó las huellas de sus pisadas. Se abrían paso levantando los pétalos escarlata, como perros que intentan ventear una pista perdida.

Al fin lo encontraron, lo envolvía una espiral de lianas y raíces igual que el capullo a la larva; la car!a asomaba, vuelto su horror hacia el cielo, y en ella las sombras de las hojas movidas por la brisa bailoteaban fingiendo muecas.

–Toma este cuchillo y corta. ¡Levántate! –le gritó Lani.

No se movió. Muerto. Sin golpeteo de tambores que le sacudieran con su sortilegio.

–Cortaremos nosotros.

–¡Qué duras son estas plantas que le han atrapado! –se quejó Lone.

–Busquemos las raíces. No te quedes ahí, parado.

Cavaron hasta que el acero se quebró, después siguieron con los dedos, las uñas les sangraban en el esfuerzo inútil. Sin darse cuenta de los tentáculos verdes que se extendían hacia ellos para unirlos al padre.

Dieron manotazos, patalearon, lucharon uno contra otro, recordaron el llanto y las súplicas, el abrazo se cerraba.

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Publicado en la revista
NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 67-90, transcrito por Mujer Palabra con fines únicamente divulgativos y no comerciales.


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