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CIENCIA FICCIÓN |
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Title |
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Ya llegaba a lo lejos la brisa precursora del amanecer cuando ella dejó al Asno y los pintados sacerdotes de Isis y él se apartó de la barca que iba a hundirse en el gigante blanco. Alzaron las cabezas y se sonrieron ahítos. Nunca habían saboreado un libro de un solo trago, leído de un tirón, sin miedo a ser sorprendidos y castigados, sin tener que esconderlo en la camisa a cada sobresalto, sin temor a esa mano que lo rebuscaba y golpeaba después. Les aguardaban días y días que vivirían a su antojo en el palacio de la Reina de Corazones o la Ciudad de Esmeralda del Mago de Oz, volarían en tapices o caballos mágicos. Largos días y noches de ocio lleno de maravillas. La máquina continuaba su trabajo, se habían aislado del estruendo. Recordaron. Lone salió, decidido, para ordenarle que parase. –Dile que se tienda bajo los árboles, viene el sol. –Quizá tengas razón, no sabemos si ahora puede resistirlo... Volvió silbando entre dientes, con las manos en los bolsillos, y miró a su hermana desde muy lejos, desde su poder recién adquirido y la personalidad suplantada, que levantaba una pared entre ellos. Cogió una botella que le había atraído siempre, porque en la etiqueta había unas naranjas perfectamente dibujadas y doradas; la degolló de un golpe y se sirvió un vaso. –¿Y yo?– exigió Lani. –Sírvete tú misma, hay donde elegir. –Pero es que yo quiero de ésa. Era un licor a un tiempo empalagoso y amargo que penetró corrosivo en la sangre, era delicioso y nauseabundo sentirlo flotar en el estómago, empapar lentamente el cerebro. Fumaron un último cigarrillo, cada uno de su propio paquete, nunca más colillas robadas. Se fueron a acostar, tambaleándose por la fuerza de la bebida. El ocupó la cama del padre, ella la que antes compartieran, estaban separados. Salió el sol y rodeó el hangar de llamas blancas; los niños dormían arropados de pesadillas; a Lone le arrastraba papá por el corredor de una mina, Lani bajaba cogida de su mano por la chimenea escalonada de un cráter, que giraba y giraba hacia las entrañas de la tierra. Nunca moriría en los sueños, que ya no compartían. Durante esas horas iban a tener que obedecer sus órdenes, soportar sus golpes, arrastrados por él, separados más y más, vivo con toda su alma cargada contra ellos. Siempre iba a estar vivo aunque bebieran sus botellas para dormir con valor. El murciélago huyó por una rendija de la lona, mal sujeta, hacia el primer fulgor azul, estaba hambriento. Cuando les despertó el trueno y le buscaron con la mirada ya se había unido al círculo de sus compañeros, allá, muy alto, donde las nubes chocaban. No les importó. Vivirían en sus mundos, aparte, perdidos en los laberintos de la fantasía. Si la bestia no volvía, pronto sería relegada al olvido. Eran libres, no necesitaban fetiches vivos para apoyarse en su magia, talismanes contra el odio y el pánico, falsas caricaturas de madres que arrullan y protegen. |
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