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Aborrece la sal
Por María Guera y Arturo Mengotti

Relato con 7 divisiones. Leer en web: 1 * 2 * 3 * 4 * 5 * 6 * 7 * 8

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(27 páginas en Word)

Los niños asomaron la cabeza fuera de su madriguera, no habían podido salir antes porque aquel día no hubo la acostumbrada tregua del crepúsculo.

Creyeron ver en los árboles gigantes bolas de cristales multicolores, y las lianas eran guirnaldas plateadas, cientos de candelas encendidas en las ramas. La selva jugaba con ellos, inventaba disfraces que colmasen su imaginación.

–Esto es cosa del Viejo –murmuró Lani, maravillada, al oído de Lone.

Una vez, siendo muy pequeños, ahora lo recordaron, alguien los llevó a una iglesia, tuvieron la misma sensación de una presencia invisible cargada de energía, ante la que había que arrodillarse.

–¿Habrá matado al murciélago? –recordó la niña.

–Seguro –contestó Lone–. De todas formas iba a morir, estaba enfermo.

–Imposible. ¿No te das cuenta de que los talismanes no pueden morir?

–Sí –convino avergonzado, mirando en torno suyo–. Nos está ayudando el Viejo.

Unos cuantos pasos les separaban del claro y caminaron hacia él, con una mezcla de curiosidad y recelo. Les extrañaba el silencio, los focos apagados. ¿Estaría dormido todavía?...

Delante del hangar ese bulto caído, vagamente familiar, bajo la luz submarina que irradiaba el bosque.

Antes de llegar junto a él casi habían comprendido. Se detuvieron a sus pies. Papá enseñaba los dientes, era una sonrisa ya inofensiva y extraña a todo. El pelo, la ropa, se movían bajo el soplo del viento, dándole una apariencia falsa de vida, pero el cuerpo permanecía inmóvil. Para asegurarse, Lone levantó un pie y le pisó, los dos retrocedieron aterrorizados de su osadía. Nada.

–¿Qué haremos ahora? –Lani sentía una bola de hielo en el estómago que pugnaba por salir, empujada por la náusea.

–Habría que enterrarlo antes de que salga el sol. ¿No notas el olor? Luego esperamos a que regrese la nave, para entonces ya habremos escogido la mejor historia y se la contaremos. Nos sobra comida. ¿Tienes miedo? –se burló Lone.

–No –mintió Lani–. El Viejo nos está ayudando, dijo que nos íbamos a divertir juntos.

–Ya hemos empezado.

–Quisiera encender los focos, no me atrevo a entrar, está tan oscuro...

–Yo lo haré. Él me enseñó a manejar las llaves y los mandos por si quería descansar –señaló con la barbilla hacia el cuerpo e intentó reírse, le salió un sollozo que sonaba a falso–. Habrá que cavar una fosa profunda. Ahora yo mando y tú obedeces.

La misma voz, como latigazos. La niña fingió aceptar y se quedó afuera, esperando. Oyó a Lone tropezar y maldecir entre dientes, igual que papá, para darse ánimos.

–Algo se ha estropeado, el generador no funciona –le gritó desde dentro–. Buscaré una linterna, velas y palas para enterrarle.

–Hazlo pronto. No me gusta estar aquí sola, en este silencio, todo tan quieto... Tengo tanto miedo...

Entonces, como si respondiera a una invocación, se rasgó el aire con el estruendo de los tambores, en un ritmo igual al de los dedos del Viejo. Cientos de puños que transmitían, que conjuraban, con un clamor insoportable, capaz de despertar a un muerto. Un haz de luz revoloteó dentro del hangar, la linterna temblaba en las manos de Lone, que corrió hacia la puerta.

–¿Oyes?

–¿Cómo no voy a oír? Deben ser miles.

–La jaula está vacía, ha ido a avisarles.

–Son amigos, no estamos solos. Enfoca a papá, veamos de qué ha muerto.

Primero los pies, enormes. La lluvia había empapado las ropas y el traje se ceñía al cuerpo como un guante de cabritilla negra con mangas de musgo. Al fin la cara, iluminada sin piedad ¿Esas manchas rojas, son sangre? Hay pelusa verde en las cejas, entre el pelo. La vida vegetal había empezado a crecer, sobre el rostro, emborronándolo.

–La humedad de la noche le corromperá aún más que el calor del sol y nos cansaremos pronto de cavar...

–¿Y si lo arrastrásemos fuera del claro? La selva al crecer lo sepultaría.

–Cuando vengan los hombres, tendremos que mostrarles el sitio donde está enterrado; lo marcaremos con una cruz, así es como se hace y es más seguro. Diremos que se puso enfermo y lo cuidamos.

–Pero, ¿cómo habrá muerto?

Sabían que había sido el murciélago, sus miradas cómplices se cruzaron por encima del padre, derrumbado en su abismo.

El redoblar de los tambores era tan fuerte que la tierra latía, empujando el cuerpo, que parecía temblar, intentando alzarse. ¿Estarían dormidos compartiendo una misma pesadilla?

Pero era imposible que durmiesen dentro de ese clamor ensordecedor. No más fábulas, no, la realidad era el mundo salvaje que vibraba en torno a ellos, solos en el centro del círculo con el cadáver de un extraño.

El escalofrío del pánico corría arriba y abajo por la columna vertebral, paralizándolos; sintieron ansias de madriguera, impulsos solamente. Cogieron al padre y le arrastraron dentro del hangar, después bajaron la lona. Las manos les temblaban, se empujaban el uno al otro, la linterna se había roto en la huida.

–Reparar el generador –gritó Lone al oído de Lani, los dientes le castañeaban.

A tientas consiguió encontrar el cajón de las velas y las cerillas, rompió muchas con los dedos temblorosos antes de conseguir encender.

Era aún peor: aquel desconocido, disfrazado con una máscara, ocupaba con su cuerpo extendido todo el espacio, no comprendían como no cayeron sobre él en la oscuridad. No quedaba sitio para ese espantoso latido que conjuraba en la noche y para el hedor que llenaban todo el aire. Tampoco quedaba sitio para ellos, les empujaban las sombras oscilantes, danzando en torno suyo.

–¡Reparar el generador! –repitió la niña– Eso es, ¡hazlo si puedes!

–¡Él lo tiene que hacer, yo no sé!

El extraño se incorporó lentamente, toda su altura se enderezó tan despacio que parecía querer alcanzar el techo. No volvió hacia ellos los ojos muertos, llegó a la máquina. Había recibido una orden.

Los niños corrieron enloquecidos a la puerta, rechazándose con furia, abrazándose hasta que, enredados el uno en el otro, rodaron afuera.

Enmudeció el redoble, segado de un tajo. Un soplo que venía de muy lejos y de todas partes apagó las miradas que parpadeaban en las ramas y las llamas azules que correteaban sobre el cieno. Nada más silencio y oscuridad.

Un fantasma plateado voló hacia ellos desde el telón negro del cielo. ¡El talismán perdido! Tendieron las manos hacia él, estaba caliente, su piel chisporroteaba entre los dedos y sacudía los nervios con un suave cosquilleo. Esa sensación de seguridad, de no estar solos en el inmenso mudo, ese alivio.

Se alzó en el aire ante ellos, sin aletear apenas, como si no tuviera peso, igual que la primera vez que se encontraron, los ojos eran dos brasas que se balanceaban a la altura de los suyos, puede que durante unos minutos o el tiempo que dura un sueño, tal vez horas de descanso.

Creyeron captar un mensaje o una orden, transmitida por el juego de la luz en las facetas de los dos rubíes que giraban. Sí, el miedo había muerto para siempre, de ahora en adelante no recibirían órdenes, las darían, él estaba obligado a obedecer sin rabia, sin vida, incansable. Tampoco habría más odio.

El generador adentro empezó a ronronear, igual que un gato ahíto; se encendieron los focos.

El murciélago voló hacia el hangar, le siguieron confiados bajo el amparo de las alas abiertas.

Estaba sentado ante el tablero de mandos, las manos extendidas, aguardando. Unos falsos párpados de musgo cubren, piadosos, los ojos en un infierno lejano que se habría podido reflejar en el fondo de las pupilas. ¿Sonreía con los dientes lavados por la lluvia o era su última mueca?

El mensajero giró en torno a su cabeza y sus alas le abofetearon las mejillas; no se movió siquiera, sin un reflejo de rechazo. Esperaba otra orden, nada más, así de fácil.

Estallaron en carcajadas; el ruido les sobresaltó, aunque no supiesen lo que era un sacrilegio retrocedieron, mirándose con la angustia del mal. Pero su talismán les arrulló, silbó, dibujó arabescos en el aire para calmarles.

–El Viejo nos ha ayudado. Lo ha hecho bien.

–Por eso –contestó Lani– nos hizo tantas preguntas sobre la magia del hombre.

–¿Recuerdas? Le hablamos de esas islas, donde hace tanto calor y también hay selvas, donde los negros muertos cortan la caña de azúcar porque un hechicero los convirtió en zombies.

–Tenemos un esclavo, no se cansará nunca ni hará falta usar el látigo con él.

–Ordenémosle para probar.

–¡Vete a cavar! Haz una fosa profunda, pero no te acuestes en ella.

Se levantó y se apartaron con presteza, aunque ya no era necesario huir de él. Caminó derecho hacia la excavadora, con zancadas iguales, de autómata. La trepidación del barreno penetrando en la tierra hizo oscilar el hangar.

–Apaga las velas, da mala suerte tenerlas encendidas cuando hay luz.

Lone se habituaba rápidamente a sustituir al padre, ya sus movimientos y su voz eran una caricatura de los que fueron suyos.

La niña se encaró con él:

–Aquí no hay ya quien mande. Una vez se hará lo que yo quiera, otra lo que quieras tú. ¿Comprendes? Por turno.

El murciélago se alisaba el pelaje, posado en su jaula abierta; con su lengüecilla recogía las chispas prendidas en las puntas.

–Bueno –gruñó Lone, vencido–. De acuerdo, una vez tú, otra yo, pero sin trampas.

–¿No crees que es mejor dejarle siempre fuera? A causa del olor...

–Bajo el sol y la lluvia imposible, se estropearía. Echaremos alcohol.

–Yo creo que ya no le puede pasar nada, ¿cenamos? –sonrió, guiñándole un ojo–. Hace tiempo escondí una lata de piña, esperando una buena ocasión.

El niño se afanó echando chorros de desinfectante, la niña preparaba mientras la mesa, las rodajas de fruta dorada eran tan tentadoras...

–¡Ahora sí que parece un fiesta de cumpleaños! –bromeó Lani.

–¿Y si vuelve la nave? –recordó Lone ¿Qué haremos?

–¡Bah! Le mandaremos tenderse en el fondo de una fosa y lo cubriremos de tierra.

–No nos dará tiempo.

–Sí, si vigilamos el cielo. Procurarán posarse de noche. Veremos las luces.

Cambiaron una ojeada para afirmar el pacto secreto; habían llevado tanta carga de angustia y abandono que no les fue difícil fingirla.

–Pero si no le permitimos entrar aquí, tendremos que cargar nosotros con los sacos. ¡Y pesan tanto!

–Todavía no son necesarios, puede que ya nunca haga falta sembrar sal. ¿No te has dado cuenta? Esta noche la selva está quieta; si le mandé cavar fue nada más para hacer una prueba.

–Es la magia.

Y las dos caras sonrientes se volvieron hacia su blanco fetiche, con agradecimiento, casi con ternura.

–No podemos dormir con este estruendo.

–Saca los libros que nos quitó y leeremos, Yo quiero «El asno de Oro», búscalo. Es de un tal Apuleyo, un romano, ¿sabes?

–¡Idiota! ¿Es que te crees importante? Sé más que tú y yo leeré las aventuras de «Arturo Gordon Pym».

Se aislaron tras una muralla de historias fantásticas que se alzaba de las hojas amarillentas. El murciélago los observaba, clavados en ellos las dos ascuas, demasiado vivas.

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Publicado en la revista
NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 67-90, transcrito por Mujer Palabra con fines únicamente divulgativos y no comerciales.

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