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CIENCIA FICCIÓN |
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Title |
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En el hangar, el aire era denso y sabía a goma recalentada. El padre sintió sed; rompió el cuello de una botella y bebió el licor amargo, para apagar esa ira inútil que llevaba dentro, para poder aguantar más horas de vida estéril en ese pudridero del universo, para intentar autocompadecerse. Cerró los párpados y bajo ellos desfilaron calles con anuncios chillones de neón, terrazas de bares con toldos y plantas domesticadas en tiestos, hielo en cubos dentro de los vasos, bocas pintadas. Pero las imágenes interiores no podían abolir el tiempo y el espacio de fuera, estaba cogido en una trampa. Empuñó el cuello astillado de la botella y se levantó, decidido a destruir a ese mundo que se burlaba de él, que se fingía agonizante y se mantenía al acecho. Abrió la puerta de la jaula y, antes de que pudiera impedirlo, el murciélago escapó, con la facilidad de un soplo de aire y con la precisión de un ciego que se mueve en su cubil y conoce todos los obstáculos cotidianos; se dirigió al cable del generador y clavó en él sus colmillos, del cobre roto saltó un enjambre de avispas azules y el zumbido del aparato enmudeció. La alimaña opaca volvió a parecer una mariposa chisporroteante, un espejo plateado que flotaba y huía. El hombre corrió para atraparlo, afuera en el resplandor blanco era invisible, pero los dos rubíes centelleantes se clavaron en sus ojos, cargados de odio, durante un interminable momento. Después el hocico escupió un grito asesino, imperceptible para los oídos humanos, un ulular tan bajo que el cerebro no pudo resistirlo y se escapó en migajas grises y rosadas por la nariz y los oídos, hirviendo en sangre. Se desplomó, muerto. Sus pies y sus manos golpearon varias veces el suelo en una protesta independiente, después quedó el cuerpo como una vaina vacía, inmóvil bajo el cielo de plomo derretido, los ojos desorbitados reflejando el peso del sol. El murciélago danzó un momento en torno suyo y se fundió en la luz. En medio del claro era un espantapájaros caído. Los rayos le respetaron, las nubes vertieron cataratas sobre él sin conseguir borrar de lo que había sido un rostro, convertido ahora en una máscara hueca, esas costras secas, trazos rojos y negros como pinturas mágicas para un conjuro de guerra o caza, cargadas de fuerza sobrenatural. La brisa fresca del atardecer, saturada de aromas vegetales, no consiguió espantar el olor a carroña que se había estado incubando en las entrañas durante las horas ardientes y ahora flotaba sobre él como un halo vibrante. Aquella noche fue distinta, la selva descansaba, ahíta de venganza, en silencio, quieta. Luego se iluminó para una fiesta de triunfo, los largos estambres de las flores semejaban cirios funerarios, los troncos eran fosforescentes columnas y las hojas miradas de esmeralda que se guiñaban mensajes, reflejados en los charcos, constelaciones caídas; llamas de un azul espectral correteaban sobre el cieno, allá donde se pudrían las plantas sacrificadas. |
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