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CIENCIA FICCIÓN |
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Biblioteca de Relatos |
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Entraron con aprensión en el área del claro, emergiendo de la marea vegetal, y se quedaron esperando cogidos de la mano, justo al borde de las oleadas que iban a extenderse sobre el barro. Papá levantó la cabeza y les sonrió; comprendieron que había bebido, podía sonreírles. Lo que esto significaba les retorció las entrañas, volvían a estar encadenados, su sangre les obligaba a obedecer. Se acercaron lentamente, sin poder apartar la mirada de los ojos grises, precavidos contra el golpe, y le devolvieron una mueca, torciendo la boca en un intento de congraciársele. –Se acabaron las escapadas, no va a haber más vacaciones. La voz era demasiado alta, con un tono de burla que daba frío. Sintieron que se les erizaba la piel y afirmaron con la cabeza, aguardando con fingida mansedumbre, como los animales de circo esperan las órdenes sin sentido del domador, mientras dentro late el odio. –Está bien, así me gusta –apartó de un puntapié una rama muerta, para darse aplomo–. De ahora en adelante, trabajaremos de firme en cuanto descargue la tormenta. El día es imposible. Se pasó la mano por la frente para borrar el recuerdo de las interminables horas blancas. –Empezaréis ahora mismo a traer los sacos de sal... No, mejor será que cenéis antes algo. Tenéis cara de enfermos, no habréis comido esas asquerosas frutas... Negaron con un gesto y corrieron a escabullirse por el pedazo de lona, alzado a modo de puerta. Dentro volvieron a ser ellos mismos, la tensión de los hilos que les unía como marionetas al padre se había aflojado un poco, y la trepidación de las máquinas acabó de aislarles. Olía a grasa de cerdo y café, sobre la mesa plegable había una fuente con salchichas fritas y ya frías y un termo lleno de líquido espeso y negro, parecido al cieno de la selva. Tenían que permanecer despiertos y alerta, el trabajo iba a ser duro. –Helado de fresa, crema de chocolate con nata, caramelos de menta –recitó Lani mientras cogía una salchicha con los dedos pringosos. –Tarta de cumpleaños con guindas rojas y almendras para el Sombrerero Loco –completó Lone. –Y pudding de Navidad. Dime. ¿Te imaginas a qué sabrá eso? –A Dickens. –Entonces yo prefiero tocino salado, galletas y ron, igual que los piratas de Stevenson. –Un sandwich de pollo y lechuga fresca, somos el Topo y la Rata –canturreó Lani sin hacerle caso–. ¿Te sirvo limonada? El café abrasaba la garganta y estaba amargo, imposible soñar. Lo aceptaron, tenían que vivir en el mundo que no habían podido elegir. –¿De qué sirve? –dijo Lone, encogiéndose de hombros– Hay que ayudarle. –Vaciar los sacos en las fosas, cargar una y otra vez. Nos vigilará. –Hay que decidirse. –Huiremos mientras duerma. –¿A dónde? Nos moriremos de hambre. Escaparemos de él, pero no de la luz blanca, los rayos azules, la noche que crece y te envuelve. –Calla. Caminaremos al atardecer, cuando se tienden los arcos iris. Nos llevaremos latas de conservas y cuchillos para abrirlas y para cortar las lianas. ¿Tú no has oído la llamada? Se miraron cara a cara; nunca se habían atrevido a hablar de ella, por el temor a hacerla real. –¿Crees que es algo malo? No nos grita, no manda. –Bueno, mejor no pensarlo. El plato estaba vacío y afuera papá aguardaba, no se habían dado cuenta del repentino silencio. Se estremecieron, cogidos en falta. Le sentían tan tremendamente vivo bajo los focos, montado en su máquina dispuesta para destruir. No hubo pausa en toda la noche, las raíces se retorcían como serpientes negras, bajo la continua lluvia de sal que caía sobre ellas para envenenarlas. El sol saltó sobre ellos de improviso, escupiéndoles ascuas ardientes. Huyeron trastabillando, deslumbrados, tanteando sin encontrar la entrada del hangar. Bajaron la lona para dejarlo afuera, sus rayos como dedos de fuego les buscaban entre las rendijas. Se dejaron caer en los catres y se taparon la cara con las manos. Lentamente pasaron del letargo de agotamiento vacío, un eco lleno de dolor, al alivio y la tortura de los sueños, por los que se dejaron arrastrar, aplastados bajo el aire espeso que aún olía a grasa. El vendaval precursor de la tormenta vino y pasó sobre el almacén, sacudiéndolo con sus puños de gigante; redoblaron los tambores de los truenos, las nubes reventaron en cataratas y la sal se disolvió para transformar la savia en ponzoña. Los niños despertaron y se incorporaron, ausentes de la realidad, perdidos aúnen su laberinto de pesadillas. Habían estado deslizándose juntos por un río plateado de mercurio, que se deslizaba tan recto y tan rápido como la columna del termómetro cuando tenían fiebre, bajo un cielo de un azul imposible. Una mujer anciana, vestida de harapos, sollozaba en la orilla, oírla estrujaba la garganta. Alzó hacia ellos el rostro consumido, comprendieron que estaba muerta de sed y no podía alcanzar el agua de la vida. Detuvieron la barca entre los sauces y le dieron de beber en el cuenco de las manos, no se saciaba, una y otra vez tenían que correr a llenarlo, salpicando estrellas. Al fin se transformó en una muchacha de cabellos rojizos que les tendía los brazos. Sintieron un dolor lancinante en el pecho, sin saber que era la esperanza lo que podía hacer tanto daño. Ese anhelo que desgarraba por dentro, buscando el corazón. La voz de la mujer era un arrullo, extrañamente conocido, que fundía el alma helada. Entonces estalló el primer trueno y retornaron al desamparo, al mundo en el que tan solo eran instrumentos del padre. Miraron en torno suyo con la vaga sensación de una pérdida irreparable, de haber caído. Yacía tan cuadrado y sombrío, en un letargo de piedra que no se dejaba taladrar por el fragor de la tormenta. Invocaron ayuda a ese fantasma que huía hacia el fondo de sus mentes, del que ya solo podían retener el resplandor de su aureola de cobre; la cara, el cuerpo, eran de niebla gris. ¡Que él mantuviera los párpados siempre así, cerrados! No volver a recibir el latigazo de la mirada. Tenían el cuerpo agarrotado, todas las fibras de sus músculos eran dolor, el cansancio les traspasaba la médula de los huesos; esperaron acurrucados, con la garganta reseca, sin poder levantarse para beber y oyendo afuera el tormento de la lluvia, que se derramaba a chorros sobre la lona, al otro lado y tan cerca de sus bocas. Dos pequeños guijarros hundidos en el fondo de un océano de angustia, en los que solo quedaba la cualidad de dureza, la paciencia de los desamparados para la espera, sin esperar nada. Papá seguía encerrado en su caparazón de sueño. ¿Qué sortilegio le mantendría dormido contra el ulular, rugir y gorgotear de la tempestad? Al fin los dragones grises se alejaron, pisoteando la maraña verde. Un tintineo de gotas más y más espaciado, un murmullo de hilillos de agua que se deslizan. Él volvió la cara y el ritmo de su respiración cambió, masculló palabras ininteligibles que sonaban a amenaza, los niños se sobresaltaron y el miedo en el que habían estado sumergidos les penetró, el silencio que ahora rodeaba al hangar podía ser el toque de alarma que le despertase. Entonces comenzó la llamada, más clara que nunca; se colaba por los resquicios, columpiada en las corrientes de aire, y era un gorjeo como el de esos pájaros grises que cantan a la luna, allá en el mundo en que nacieron y en los cuentos de Andersen, donde hay cosas tan sencillas; era una canción de cuna, un silbido de la brisa sobre las cañas, y no era un sonido. Nunca les había llamado nadie. ¿Seguro que era para ellos el mensaje? –No podremos soportar otra noche igual –murmuró la niña al oído de su hermano–. Nos partiría en pedazos. –De acuerdo. Es preferible huir; si buscamos tal vez encontremos un camino, hay que quererlo, las cosas solas no cambian. –¿Le robamos comida? –Las latas pesan mucho. –Terrones de azúcar, tabletas de carne concentrada, tubos de vitaminas. La llamada les envolvía en ondas de hechizo. No, no podía ser para ellos, pero si alguien silba también los perros sin amo se enderezan. Las manos se afanaban, cautelosas, yendo y viniendo como hormigas que almacenan, hasta conseguir un montoncillo miserable, hurtado en los cajones. Miradas de reojo a ese bulto contra la pared, dedos temblorosos, hombros encogidos. Lone hizo un paquete envuelto en un plástico y se lo guardó en un bolsillo del pantalón, taponaba el agujero que nadie cosía, no se podía escapar. El padre bostezó y se restregó los ojos. Entonces o nunca. Corrieron hacia la puerta. Afuera había comenzado la hora maravillosa. Los enormes abanicos de encaje verde, tachonados de estrellas fugaces, les saludaron con una reverencia. Las heridas negras de la tierra, colmadas en espejos temblorosos en los que se bañaba el cielo, aleteando como un gran pájaro dorado. Las flores anaranjadas, escarlata, lustrosas y moteadas como pieles de fieras puestas a secar, se sacudían el polen en nubecillas de lentejuelas. Muy alto volaban las espirales blancas, con la solemnidad de un rito religioso. Entraron en la jungla de puntillas, cogidos de la mano; aunque no hubiesen visitado nunca una catedral, en el alma siempre quedan grabados los gestos necesarios. Tampoco podían saber que en la Tierra no se alzaron nunca templos para el diablo y que aquello era demasiado hermoso para ser aún bueno; caminaban a través del escenario para un pecado perfecto. Bebieron el agua retenida en las hojas, parecidas a cuencos de cobre para ofrendas, y saciaron la sed; la selva se congraciaba con ellos, que habían trabajado para envenenarla. La llamada tenía voz, aún muy lejana. Titubearon, tratando de orientarse y captarla. Ya no sentían miedo, ni dolor, ni cansancio. Hablaba con palabras humanas, reconocían en ellas un timbre familiar, como si las hubiesen escuchado antes muchas veces, en sueños, en la cuna. Y la voz dijo: –Os mandaré un guía, vais a perderos, pequeños cachorros. Se estremecieron ante el milagro, pero sin asombro; esto tenía que suceder. Un día alguien les hablaría directamente, no por encima de ellos, no toda relación con los demás iba a ser siempre el odio, el temor, la desconfianza. Lo habían leído. Uno de esos copos blancos que flotaban en el cielo se desprendió de la rueda y descendió suavemente, tranquilizador, con la lentitud de una hoja que no tiene peso. Al crecer fue adquiriendo forma y se transformó en un animalillo que fue a posarse sobre un racimo de frutas disfrazadas de joyas, que apenas se balanceó. Entonces sí que se sorprendieron, todo lo que los gemelos eran capaces de sentir positivamente. Se apretaron más las manos, con las bocas abiertas, sin atreverse a hacer el menor movimiento por temor de que se espantase. Era un murciélago: todo su cuerpo estaba recubierto por un pelo más blanco que el del armiño, más que la idea del color blanco, diamantino en las puntas. En él hasta las alas eran blancas, no membranosas sino afelpadas de pelusilla que brillaba como las estrellas de nieve sobre un cristal; solamente los ojos eran dos rubíes engarzados en aberturas oblicuas, y titilaban bajo enhiestos mechones plateados; tenía orejas puntiagudas de felino, y los afilados dientes eran lo más blanco de todo. –¡Oh! –exclamó Lani, hechizada– Nos sonríe como el gato de Alicia en el País de las Maravillas. El murciélago erizó los bigotes, tan brillantes como hilos de árbol de Navidad, y gorjeó columpiándose, con las alas abiertas y los ojos de brasa clavados en ellos. Entonces les pareció que toda la selva tendía cortinajes de colores nuevos más brillantes y que el aire era más fácil de respirar. En el suelo había aparecido un sendero, que no estaban seguros de que antes existiera, y en él, bien marcada, la huella de un pie pequeño. ¿De niño acaso? El mensajero alzó el vuelo y desapareció entre las lianas, con un aleteo fantasmal; los niños parpadearon, seguros de que iban a despertar en el odiado hedor a sudor y alcohol del padre, en el aborrecido olor a grasa de conservas recalentadas, otra vez encadenados. Pero no, el animalillo volvió, tan rápido y silencioso como el haz de luz de una linterna. Se posó en el hombro de Lani y restregó la cabeza contra la mejilla de la niña; era tan caliente y tan suave, tan auténticamente real, el contacto producía un leve calambre que no llegaba a doler, tan solo sacudía un poco los nervios; mucho más tenue que cuando por descuido se toca un cable eléctrico por donde se ha pelado la cubierta protectora. Lone extendió los dedos tímidamente para acariciar el blando cuerpo, sintió a su vez la descarga y apartó la mano, sorprendido. Los dos rieron; nunca reían, y la carcajada retumbó tan insólita en las bóvedas verdes que sobrecogió, como si hubiesen cometido una falta. –Debe vivir aquí otro niño –dijo Lone, señalando la huella– No son pisadas nuestras, la lluvia y la noche borran los senderos. –La voz era nuestra voz. –Y nos ha llamado pequeños cachorros, ya le enseñaré yo a ese –crispó los puños, con el mismo gesto de cólera, ávida de presa débil del padre. –¡Estúpido! Vamos a hacerle una visita, igual que en los libros que cuentan la vida de verdad; la gente se visita y conversa. Tazas de té. Volvieron a reír, encantados de compenetrarse en la broma. –Guíanos. Obedeció, igual que en los buenos sueños, y comenzaron a seguirle. El murciélago volaba delante de ellos, como una enorme mariposa nacarada; cuando marchaban despacio se volvía y se quedaba quieto, como si fuera una figura recortada en papel del que envuelve chocolatinas, pegada contra el verde sombrío. Les miraba con sus ojos encarnados de albino y enseñaba los dientecillos afilados, les sonreía. No les extrañó cuando la jungla fue sustituida por una llanura de hierba alta. Aquí y allá se alzaban rocas azules, cristalinas, que acaso el viento había tallado en forma de símbolos de un culto secreto, arabescos y líneas geométricas imposibles de descifrar. Si hubieran sido hombres, les habría detenido la desconfianza, pero eran niños, y en su universo imaginario todo era admisible. Si estaban caminando por un cuento, ciertamente tenía un buen argumento, hasta ahora no había aparecido un hada bobalicona envuelta en gasas rosadas o una de esas princesas encadenadas por el ogro, que no huelen a mugre ni se les hacen llagas con pus donde los grilletes roen la carne. Era una historia lógica. Al final de la pradera estaba el refugio, porque casa no era la palabra. Unos troncos negros, moteados de musgo, con una entrada triangular, sin ventanas El murciélago atravesó la puerta con tanta seguridad como si desde dentro alguien recogiese un hilo invisible para atraerlo, igual que una cometa sin viento. No eran altos para sus doce años, si no hubiesen tenido que agacharse para entrar. Al principio, el contraste con la luz de afuera fue demasiado grande y temieron haberse quedado ciegos de repente; al irse acostumbrando poco a poco, percibieron con alivio que no era una oscuridad absoluta sino que les rodeaba una penumbra roja y caliente, que latía, como si la corriente de su impulso hacia lo fantástico les hubiera arrastrado hasta el interior de una víscera viva. Olía a humo, a hierbas podridas, un vago relente a esas medicinas que se toman cuando hay tos y duele el pecho; a pomadas. Debía ser eso que en los libros llaman un perfume balsámico. Y el latido lo producían unas manos negras al golpear rítmicamente algo redondo, amarillo, reseco. No era un cráneo de gigante desenterrado sino un fruto de la jungla. Todo natural, no había que molestarse en sentir miedo inútil. La voz que les había llamado susurró al lado de ellos. Sí, era la de un niño, idéntica a la de ellos, pero el que estaba hablando no tenía edad. Era un pequeño ser arrugado, encorvado, que daba la sensación de ser borroso, de estar distante. A pesar de eso, se daban cuenta de que debía ser espantosamente viejo. Sus ojos opacos les observaban con una mirada todo lo antigua y sabia que hubieran podido tener unos ojos humanos, antes de convertirse en la de un idiota senil o pudrirse bajo tierra. El pelo, rígido como una diadema de púas, era blanco. Llevaba un vestido de abalorios gastados que destellaban suavemente y formaban una tela de araña sobre las rodillas afiladas, los brazos y las piernas nudosos como raíces desenterradas. Estaba sentado en cuclillas y sus dedos tamborileaban, independientes de lo que decía su voz, tan dulce: –Tenía muchos deseos de conoceros, por eso os llamaba, no me habéis podido oír con palabras hasta que estuviésemos preparados. –¿Y cómo has aprendido a hablar igual que nosotros? –inquirió Lani. –Bueno, puede que mi poder esté gastado, lo uso poco. No llegabais a oírme. ¿Acaso no sabéis oír verdaderamente? Pero yo os he estado escuchando, dormidos y despiertos, hasta que aprendí. Me gusta eso que llamáis libros, hay en ellos cosas útiles encerradas. ¿Creéis en la magia? –No –contestaron los gemelos a un tiempo. –Debéis creer –les reconvino–. Ya sé que allá en vuestro mundo los hombres se han olvidado de ella, pero vosotros sois niños, ¿crías?, y podéis aún... Aquí es necesario aceptarla y utilizarla. Hay que saber controlar la fuerza oculta en las plantas, la tierra y las nubes, de lo contrario no sobreviviréis, haceros amigos suyos, mandarlos u os destruirán. –¿Y sabes hacer hechizos? –le preguntó Lone. –Muñecos de cera a los que se clavan agujas después de bautizarles –enumeró Lani–, espejos mágicos, sacrificar gallos blancos y negros, destilar filtros. –¡Bah! ¡Cállate, Lani! –dijo su hermano con tono despectivo–. No vayas a empezar con vampiros o zombies, para luego tener pesadillas y contagiármelas aunque yo no quiera. Siempre tenemos las mismas infecciones a la vez. –Sí, sí –rogó el viejo con un tono de curiosidad infantil–, os daré comida buena, os regalaré a éste para que juguéis con él. Su pulgar izquierdo señaló al murciélago blanco, enhiesto detrás de su cabeza, las alas parecían estar fundidas al hombrecillo, ser dos ávidas orejas tensas, extendidas a ambos lados de la cara arrugada. –¿Prometido? –se aseguró Lone–. Entonces te contaremos todo lo que hemos leído en los libros que esconde papá, aunque mucho no lo entendemos y otras cosas no las recordamos. ¿Sabes? –añadió, orgulloso–, creo que a mamá le gustaban esas cosas. –Yo os ayudaré –las pupilas eran dos cavernas fosforescentes y los niños se hundieron en el fondo de un mar tenebroso, cayendo paralelos al abismo, para refugiarse en ellas. Abajo se estaba cómodo y caliente, tan ignorante del temor como en el seno materno. Era una delicia abandonarse a esa sensación de estar envuelto, flotando en un líquido espeso y tibio– No os importe ignorar como se hace. Lo mismo que he conseguido hablar vuestro lenguaje, con vuestros sonidos tan toscos, penetraré en su significado auténtico para utilizado. Yo escucho lo que hay detrás de vuestras palabras. Recordaron consejas y leyendas, algunas leídas, otras encontradas en ese poso, ese légamo que está en el fondo de la mente humana, esa herencia tan antigua como el hombre mismo. Gestos para gobernar la muerte, sortilegios contra las fuerzas hostiles de la naturaleza, magia para atraer la caza. Ese legado de todos los milenios en los que las noches fueron un espanto interminable, junto al fuego interminable, con los ojos chisporroteantes de las bestias acechando su momento, tras las espaldas temblorosas. Lo que hace que los recién nacidos lloren a la hora del crepúsculo y que los adolescentes se despierten gritando de pavor sin saber por qué. Todo lo que el mundo limpio y ordenado por máquinas que pertenece a los adultos ha rechazado, al perder la inocencia y encontrar la angustia. En algún momento se encendió un fuego, según creyeron recordar después, y comieron en unos cubiletes de madera; no eran más que tallos y yemas de plantas, pero olían y sabían a todos los manjares deseados: pasteles de manzanas y fresas con canela y limón. Ni siquiera había que soñarlo, ahí estaban. –Somos amigos, ¿no?, compartimos comida, esa es vuestra costumbre –preguntó el Viejo. Así habían decidido llamarle. El no les había querido entregar su nombre, eso sí que no quería compartirlo con ellos, porque en el hombre hay magia que puede ser utilizada contra su dueño. –Aún es pronto para decidirlo –contestó Lone, ceñudo–, hasta ahora sí. Después, veremos... –Comprendo. Difícilmente podéis ser amigos de nadie, si ni siquiera lo sois de vosotros mismos. Acaso lo seáis entre vosotros, pero el vínculo que os une debe ser la necesidad. También a mí me vais a necesitar. Su boca de sapo se extendió en un remedo de sonrisa, una mueca a un tiempo benévola y perversa. Lani trató de disculpar a su hermano: –Es que no estamos acostumbrados a esto... A reír, a que nos escuchen. Casi duele. ¿Qué le podemos dar a cambio? En las novelas de aventuras a los salvajes se les da espejos, cuentas de cristal, trapos rojos, pero intuía que quería más. –Ya me lo habéis dado –susurró–, vamos a divertirnos mucho juntos. La tarde había ido girando en una espiral tan suave como los vuelos blancos de lo alto, que antes fueron una incógnita. Les puso sobre aviso el repentino rugido de la excavadora, un relámpago violeta en la serenidad del refugio; parecía imposible que pudiese llegar hasta aquel remanso el mundo de odiosa realidad que creaba el padre en torno a sí. Los niños se removieron, dos cachorros de alimaña atrapados en el cepo del miedo. –¡Vamos, daos prisa! –la voz ya no era infantil ni las palabras conocidas, aunque las entendieron– ¡Rápido! Él os necesita. Siempre les habían echado, estaban acostumbrados a estorbar, y obedecieron. Afuera el paisaje se quitaba la máscara, les aguardaba la selva, con sus fantasmas de niebla y sus demonios verdes, todo era una farsa. Pero el murciélago volaba ante ellos y su cuerpo semejaba un cristal luminoso; abría caminos en la oscuridad tras él, avanzaban con soltura de nadadores, sorteando las oleadas de hojas. El padre alzó el rostro hacia ellos desde el fondo de la fosa. Los ojos eran látigos, sentían restallar su mirada y hundirse en la carne. El murciélago gorjeó dulcemente y se posó en el hombro de Lone, la cara de hielo se fundió en una expresión de maravilla. Juró entre dientes: –¿Dónde habéis conseguido esto? Jamás pensé que aquí pudiera vivir ni un gusano. ¡Qué piel! Las mujeres se volverán locas, vale un buen puñado de billetes. Los niños mintieron de acuerdo, atropellándose al hablar: –Si nos lo dejas guardar vivo... –Estamos seguros de que acudirán otros... –Bien –vaciló el hombre–, pero habría que hacerle una jaula. ¿Sabéis qué come ese bicho? –¡Oh! Frutas, hojas... cualquier cosa. Se comió un terrón de azúcar que le dimos –volvieron a mentir. –De acuerdo, consiento por ahora. Voy a hacer la jaula antes de que se le ocurra escapar, es preferible que lo metáis en el hangar y bajéis la lona. No intentó huir, había recibido una orden. El padre se afanaba con un rollo de alambre y alicates, mientras silbaba una canción casi olvidada. Cuando concluyó el trabajo, los niños le encerraron sin atreverse a protestar, tenían la boca seca por el sabor amargo de la traición, era un amigo, el único que habían tenido. Se hizo un ovillo, envuelto en sus alas, y cuando el padre apagó la luz brilló en la negrura, igual que esas linternas de los mineros en las que la llama encarcelada guía por los túneles de carbón. No durmieron en toda la noche, al acecho del momento en que el padre se hundiera en su tiniebla interior y pudieran liberar al talismán, pero él tampoco dormía, lo habrían percibido en el cambio de la respiración. A la madrugada, el murciélago estaba casi apagado, su piel ya no centelleaba y cada vez se parecía más a una vulgar rata blanca, arrebujado en las alas plegadas y con sus ojos de rubí entornados, opacos, como cubiertos de una película. El padre se acercó a la jaula: –Debe tener hambre o estar enfermo, así ya no vale nada, habrá que matarlo. Los niños le ofrecieron alimentos enlatados, lo único de que disponían; no los miró siquiera, replegado contra los barrotes de su prisión. –¡No malgastéis más! –gritó el padre–. La nave tardará aún meses en volver, si es que vuelve. No le dejaré escapar, lo mataré y lo abriré para verle las entrañas, puede que así averigüe algo por si atrapamos otro. En el suelo de la jaula se amontonaban pedazos de carne en conserva, pescado seco, galletas y azúcar. Los gemelos se consultaron con la mirada, ya no era mágico, sentían curiosidad como cuando se despanzurra un juguete, pero el Viejo se lo había confiado, era un aliado, les sirvió de guía. –¡Vamos! No vale nada. Nos divertiremos, traed el cuchillo. Les sonrió de frente, nunca lo hacía, y fue como si ellos recibieran la cuchillada en el pecho. Intuyeron con la clarividencia de compartir el mismo instinto que aquel animalillo blanco representaba para el padre todo el mundo hostil que se negaba a ser dominado por el hombre, ese maldito sol y esas tinieblas que se animaban con una vida aviesa, avanzando cuando les volvías la espalda, y si girabas rápidamente tan solo percibías un temblor y un susurro. La bestezuela encerrada era la proyección de la enorme bestia invisible que rondaba en la noche en torno al hangar, ávida de succionar vida. La clavaría con el cuchillo de limpio acero, forjado en la Tierra y desaparecería la amenaza escurridiza. La descuartizaría para que entregase su secreto, sabría si tenía un corazón, para poder dormir tranquilo sin emborracharse. –Déjanos salir antes de que comience a arder el sol –rogó Lani–. Traeremos hojas, frutas, bayas, tiene que comer cosas de su mundo, no del nuestro. Tan solo iremos al borde del claro. Lone añadió: –Está enfermo porque siempre ha sido libre y no puede soportar el encierro, yo también quisiera ver como es por dentro, pero es mejor curarle. –Cuando se haya acostumbrado a estar entre barrotes, volverá a tener ese pelaje de chispas, de nieve y lentejuelas... El padre la miró con todo su hastío, rencor, lejanía: la cara de la madre. Sí, esa cámara secreta que nunca consiguió abrir y se refugió bajo tierra para escapar de él. Siempre delante y escapando, no podía dominarla. –Bien, marchaos, pero no intentéis escapar como ayer –rió entre los dientes apretados–. El sol es la muerte, escoged. –Promete que no lo matarás hasta que volvamos –exigió Lone con la misma voz fría que él. –¡Bah! Puedo prometer cualquier cosa, igual que vosotros, y después hacer lo que se me antoje en cualquier momento. Cuanto antes regreséis, más probabilidades tenéis de que aún no lo haya rajado. Siempre este aburrimiento... –Se alzó de hombros. Los niños atravesaron el claro de una carrera. Oscilaba una luz perlada, pero al fondo el resplandor naranja ya era una amenaza. La brisa sacudía el follaje, que se dejaba mecer, pasivo; la selva descansaba. –Escucha, Lone; no creo que sea capaz de hacerlo. Sé que le gustaría, pero saltará la sangre y él la teme. Intentemos visitar al Viejo, él nos ayudará, puede que ya esté enterado. –¿Cómo encontraremos el camino? Un tintineo de campanillas de cristal, un vibrar de alas, como un leve zumbido de insectos. –¡La llamada! Viene de allá. Una pausa: algo que no era música ni palabras. –¡Te equivocas, Lani! Es a nuestra espalda. Corrieron de un lado para otro, venteando el rastro del sonido entre los penachos, los abanicos y los cortinajes verdes. Un murmullo desde lo más espeso: voces veladas, risas en la profundidad de la tierra, palabras desconocidas dentro de los troncos podridos, quejas de las raíces envenenadas. Silencio opresivo. Espejismos sin sentido. El sol abrumador vomitó sobre ellos miles de jabalinas al rojo blanco y tuvieron que agazaparse bajo una de esas flores enormes y redondas como la Tabla del Rey Arturo. Excavaron en el cieno y se cubrieron con él; el cielo golpeaba sin ruido. Habrían querido llorar pero no podían, sólo se llora cuando se cree que la compasión existe; bebieron agua de un charco, sabía amarga, puede que se durmieran. |
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