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CIENCIA FICCIÓN |
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¿Es que acaso la noche era lo peor? Una enemiga siempre en vela, al acecho, la noche de este mundo que papá se vio obligado a aceptar, de este infierno, como decía él, al que los trajo porque no tenía otra solución. Las plantas se movían con ese impulso salvaje de crecer y crecer, se abrían de pronto esas flores con estambres largos y rectos, iguales a cirios fosforescentes, reventaban frutos rojos con espantoso aspecto de vísceras. De ellos se desprendían las hojas podridas, viscosas, que se pegaban al cuerpo como harapos de sudarios; en los troncos aparecían enormes llagas, donde los hongos se apresuraban a devorar la madera viva, las lianas azotaban en busca de una presa para enroscarse y las raíces tendían trampas. Toda la jungla exudaba un fétido aliento de corrupción y gestación. Sin el alivio de un grito de pájaro, de pasos que chapotean en el barro, de ojos que brillan, únicamente tentáculos tanteando en las tinieblas bajo un cielo como un paño mortuorio extendido sobre un cadáver. Sin luna, sin parpadeo de estrellas. En el silencio negro, las plantas murmuraban, secreteaban, chupaban el cieno con ansia, antes de que el sol las aplastara con el peso de su incandescencia; Desde las ventanas del hangar veían los árboles, ronda de fantasmas que avanzaban cuando papá se volvía de espaldas. Así siempre, sin respiro ni esperanza, salvo la tregua maravillosa del atardecer, tras la tormenta. Y ni siquiera la podían saborear con sosiego, porque estaba tendida entre dos pánicos iguales: el blanco y el negro. Al principio, cuando aún estaban allí otros hombres, lucharon todos juntos contra la selva. Durante el día permanecían refugiados en la nave, discutían, se peleaban, irritados por el aire sofocante y el encierro. Por la noche, se unían en el odio común a la jungla. Traían lanzallamas e intentaron una y otra vez abrir un claro; los árboles se retorcían como columnas salomónicas de chispas doradas, almas condenadas de gigantes, sobre un tormento de brasas. Después, bajo la alfombra de cenizas, las raíces profundas, fertilizadas por la muerte de los troncos, se vengaban. La muralla implacable se volvía a alzar y los hombres dejaban caer los brazos, impotentes. Algo de mucho valor debía yacer escondido en el vientre del planeta, para que forcejearan así por arrancarlo a sus guardianes vegetales. Los niños no sabían qué podía ser pero fabulaban sobre ello, cuando sus mentes entrelazaban sueños en las horas de modorra. Habían oído que, en el espectro del planeta, se descubrió un elemento agotado en la Tierra. Lani decía que en un cuento de Dickens se aparecía un espectro de un hombre, que estaba muerto desde hacía muchos años y olvidado dentro de un armario; este mundo sería tal vez un cofre enorme del que surgiría un inmenso fantasma verde para buscar a su asesino: el sol. O acaso bajo la tormentosa vida de la selva estuviese enterrado un tesoro y el cieno negro ocultase un mosaico de piedras preciosas: esmeraldas, rubíes, topacios, amatistas, que solo con nombrarlas ya brillaban. Pero Lone escuchaba con más atención e imaginaba menos; era un elemento químico lo que buscaban. La Química pertenece a la realidad del mundo de los mayores; el que lo consiguiera tendría mucho poder, sería el amo de los demás, porque podría fabricar la muerte para todos. A uno de los hombres se le ocurrió la idea, destruir las raíces era tan sencillo después de todo, bastaba impregnarlas de sal. Trabajaron con excavadoras, bajo la luz de los focos. Pronto abrieron un gran claro, instalaron el hangar y descargaron la nave. Al principio hasta funcionaba constantemente un acondicionador de aire, no se ahorraba el combustible. Acabaron agotados, un día se secaron por última vez el sudor que les corría por las caras lívidas, con las manos agrietadas, y cambiaron una mirada. Papá comprendió, gritó injurias contra ellos. Le volvieron la espalda y subieron a la nave. Todos tenían allá, muy lejos, tras el cielo negro, un hogar con un umbral aguardando sus pisadas. Papá prefirió quedarse y fue abandonado con unos sacos de provisiones y alguna máquina casi inservible, igual que el hombre vestido de pieles de cabra de «La isla del Tesoro». Prometieron volver, le daba igual. Él no tenía casa, jardín, mujer manejando aparatos para lavar, pulir y cuidar cosas inútiles, siempre había sido un vagabundo. Cavaría como un perro hasta reventar o triunfar, si se les ocurría volver para arrebatarle el botín enseñaría los dientes. Y se quedó solo, con unos libros amarillentos que no leía nunca porque fueron de ella, como eran de ella también esas dos criaturas a las que nunca quería mirar de frente. Observaba a los niños de reojo, sintiéndolos aislados de él, como reflejados en un espejo. Y ese espejo era la muerte que se llevó a la madre. Algunas veces la pared invisible se derrumbaba, era un alivio. Podía alcanzar sus cuerpos huidizos con sus brazos largos y golpearles, para conseguir el descanso y saborear una botella serenamente, sentir como el licor arrastraba hacia el fondo del pecho la soledad, las palabras contenidas. Luego, los niños volvían a pensar en la muerte, sin saberlo ellos mismos, mientras construían arcos con cañas y aguzaban ramas para hacer espadas, como todas las crías humanas, que llevan en la sangre el germen de la destrucción como un demonio insaciable. Se volvía a levantar el muro y se acechaban de uno a otro lado; las palabras lo atravesaban, pero desintegradas, desprovistas de sentido y sentimientos, sin alma. Las soportaban, fingían comprenderlas. Trabajaban toda la noche, sembrando la sal, como autómatas sacudidos por la trepidación de la excavadora, disueltos en el continuo zumbido, incapaces de intercambiar mensajes o ensueños mudos. Al amanecer, estaban a veces tan agotados que no se sentían con fuerzas para escapar, y seguían al padre, que cerraba la puerta para dejar fuera la bestia blanca. Dormían en el silencio. En sueños se reunían en una zona crepuscular donde las palabras tenían una claridad imposible durante la vigilia. Los niños gritaban su terror, compartían las pesadillas y podían reírse. El padre, dormido, dejaba de ser una constante amenaza, y aunque los gemelos, abrazados, no eran más que dos criaturas sin defensa, estaban seguros y eran libres. La jungla corría a su lado. No sabían qué impulso les acuciaba hacia el claro donde se alzaba el almacén, porque el miedo a la oscuridad casi se equilibraba con el temor al padre. La idea de hogar era tan remota para ellos como el parpadeo de las estrellas, ausente en aquel mundo. Solo en lo más profundo de sus mentes, junto a la sombra de la madre, podían dejar de ser imposibles la casa que ampara y la luz que no ataca. Jamás se marcaba un sendero y no existían puntos de referencia en la vegetación que continuamente se renovaba; debían procurar no alejarse demasiado y permanecer al mismo tiempo fuera del alcance del padre. Sabían que estaban cerca del claro y se deslizaban entre las hendiduras de la vegetación en el silencio infinito, convirtiendo en su imaginación a los gigantescos árboles en aves de presa que les acechaban. Y luego estaba esa llamada angustiosa de la que nunca habían hablado. ¿Era musical? No tenía melodía, se asemejaba a una vibración del aire espeso, una ilusión que zumbaba muy lejos o murmuraba pegada a los oídos, aquella noche un poco más fuerte, casi tan real como un crujir de seda, un tamborileo de dedos, la tensión que flota y asciende cuando se ha parado un coro de voces. Un susurro espantoso y muy dulce. En ese arrullo del crepúsculo intuían una nota falsa, igual que en el tono meloso de voz con el que les hablaban las personas mayores cuando las molestaban. De pronto, esos sonidos apenas intuidos se hundieron en el estruendo de la perforadora, de una realidad sacrílega; las luces de los focos atravesaron las grietas de la selva y los pasadizos negros se vistieron de un resplandor sobrenatural, de un verde fosforescente en el que flotaban burbujas perladas y columnas de vapor, los charcos se transformaron en espejos con reflejos de sangre, cuando el viento mecía las orquídeas. Papá iba a trabajar esta noche; desde que se fueron los otros, tan pronto desarrollaba una actividad frenética como permanecía sentado a la entrada del almacén, gritándoles órdenes, o se apartaba a un rincón, fingiendo trastear en algún aparato inutilizado, sin hablar durante toda la noche, con rostro vacío e inexpresivo, mientras en su interior se acumulaba energía que amenazaba en el silencio. |
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