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Aborrece la sal
Por María Guera y Arturo Mengotti

Relato con 7 divisiones. Leer en web: 1 * 2 * 3 * 4 * 5 * 6 * 7 * 8

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(27 páginas en Word)

¿La mañana era lo peor? Un interminable tiempo en el que aquel mundo yacía, completamente blanco, y no podían mirar al cielo porque el sol les habría devorado los ojos; no era dorado como el de la Tierra, que ya apenas recordaban. Un inmenso globo que flotaba lento, pesado, en un infinito tan terriblemente vacío, espeso como un océano de luminosa leche. Derramaba cataratas de llamas opalinas sobre los árboles gigantescos, abrasaba a esas flores que chupaban el cieno, tan grandes que habrían podido servir de mesas o sillas si no fuesen ya demasiado ajenas a lo humano.

Hasta el atardecer, resplandeciente niebla abolía los colores. Estaban obligados a permanecer inmóviles, sin defensa, en cualquier madriguera de tierra excavada, cubierta con hojas podridas; sofocados, intentando respirar ese aire pegajoso como gelatina, fétido, de sabor dulzón, igual que si buceasen en agua estancada a punto de hervir.

Las horas se estiraban en un ensueño por el que flotaban, aletargados. A veces se contaban historias con un cuchicheo jadeante o se intercambiaban fantasías sin palabras. (Papá tiene el oído muy fino y está siempre alerta, es lo único despierto en este mundo tan silencioso. Papá siempre necesita ayuda).

Cuando sentían que no podrían soportar más, exhaustos sobre el barro seco, boqueando como peces varados, venía por fin la tormenta. ¿Peor? Un cambio, al menos.

Allá donde debía estar el horizonte, oculto tras la jungla, se alzaban unos enormes monstruos que habían permanecido agazapados para rechazar al sol. Negros, pardos, cambiaban de forma al girar y tan pronto eran solo puños que restallaban látigos de un centelleante violeta, como dragones que vomitaban fuego de un lívido azul, o demonios con los vientres desgarrados de los que brotaban entrañas borboteando sangre incandescente, y todas aquellas formas rugían, aullaban, escupían contra el disco ciego.

Después venía la lluvia, caía a torrentes y acababa de borrar lo blanco, tan odiado, tan terrible.

Pero la lluvia también era un tormento, miles de martillos que machacaban contra el barro. Al principio, fascinados por el horror de la tormenta, se habían dejado sorprender por su ataque, pero ya sabían adivinar el momento justo en que se abrirían las compuertas y se precipitaría contra ellos. Además, era un torbellino que daba la vuelta al planeta, ávido como una jauría que acosa a una bestia torpe. Pronto, solo quedaba su recuerdo: árboles tronchados, pétalos del tamaño de alfombras que tapizaban el suelo de un púrpura consolador.

Algún humo amarillo aquí o allá, donde golpeó el rayo.

Entonces los niños podían al fin salir de su cubil y llenarse los ojos de imágenes maravillosas: la brisa mecía plumajes verdes, palios de encaje tachonados de diamantes flotaban en el aire. El cielo era un espejo de bronce bruñido y en su fondo giraban unas espirales plateadas, con vuelo suave. ¿Acaso pájaros? Eso decía Lone, aunque jamás vieron un ser vivo en ese mundo. Lani prefería pensar en hadas, ángeles, copos de nieve, aunque ninguno de los dos sabía el significado de esas palabras mágicas, imaginar tan solo.

El viento traía una melodía que parecía murmurarles desde el fondo de los cañaverales y de los charcos, de los jirones de niebla que se alejaban. Era una llamada furtiva, secreta, que no podían localizar, como si el mundo entero les apremiase.

¡Y cuántos arcos iris! No uno, ni dos, ni seis, docenas que se entrecruzaban, policromos puentes que saltaban por encima del miedo, siempre presente en el recuerdo.

Hablaban en un tono un poco más fuerte, antes de que viniera la noche. Durante esta tregua cotidiana hasta se atrevían a comentar sus pesadillas en voz alta.

–Lone –rogó Lani–. Dime, ¿cómo te imaginas que sería una madre de verdad? Lo he estado pensando antes.

–Yo lo soñé.

La madre. Su obsesión. La búsqueda. Habían tenido muchas madres, unas duraron solamente horas, otras aguantaron meses. Pelirrojas, platinadas, con trajes ceñidos y pestañas postizas, uñas como garras, máscaras pintadas tras las que cambiaba el color de los ojos pero no la mirada de sapo, máscaras de cartón que sabían arrugar la nariz como si el olor de ellos les ofendiera. Algunas más fofas y viejas) con trajes raídos, brazaletes de hojalata y piedras de colorines. Dependía, según decía papá, de cómo anduviesen de dinero.

Se empeñaban en lavarles y ordenar los rebeldes mechones de pelo, las había que hasta los besaban y los apretujaban contra su carne húmeda, esas eran las peores. Otras se encerraban en el dormitorio, se hacía el silencio; el sobresalto de oír una botella que se rompe o la angustia de soportar ese jadeo de animal cansado. Era un alivio cuando papá llegaba a sentir aversión por ellas, abría la puerta y una de dos: o les daba un puñado de esos papeles arrugados y sucios que las ponía contentas o las arrojaba a empellones. Se marchaban siempre, de todas formas. Era un alivio, pero volvían, distintas, iguales.

–Verás –continuó Lone–; Yo no sé pensar viéndolo todo claro, de repente. Cuando se piensa en una calle... ¿Recuerdas casas, coches, gentes? Yo primero veo una raya gris, cuadrados más oscuros a un lado y a otro. Si pienso en mamá, veo una mancha roja, tan grande como un charco.

Se habían sentado para charlar, medio ocultos por una flor escarlata parecida a un quitasol de puntas arqueadas. Fumaban acurrucados. Siempre recogían las colillas de papá, las preservaban de la humedad en una bolsa de plástico y sabían liar cigarrillos con papeles viejos. Tenían un gusto amargo y dolían en los pulmones, pero así se podía fingir aplomo, como hacen las personas mayores.

–¿Por qué? –preguntó Lani–. Yo, si pienso en un tigre, lo veo con ojos de esmeralda, rayas naranja y negras, que se mueve así –deslizó la mano sobre las hojas podridas, con un movimiento delicado y maligno–. Te enseñaré a ver por dentro.

–No es eso –Lone chupó pensativo y carraspeó–. Es que ya sabes. No se debe hablar de eso, son cosas prohibidas, pero papá dice que nacimos los dos a la vez y luchábamos dentro del vientre por salir primero y mamá murió por culpa nuestra. Papá no podía pagar, el médico no acudió y mamá sangraba, sangraba, hasta que se quedó vacía.

Ya estaba dicho, escupió hacia el charco.

–Por eso nos debe odiar tanto, nos tiene que llevar con él y se lo estamos recordando siempre.

–Dice que antes había asilos, debía ser estupendo, ¿sabes? Dentro vivían sin padres.

–¡Bah! –Lani alzó los hombros con desprecio–. Estás loco si crees que iban a dejarnos solos a los chicos. Siempre habría hombres y mujeres viejos para vigilar y mandar, aunque no fuesen verdaderos padres. Y además –continuó, volviendo a su primera idea– él dice que me parezco a mamá. Imaginar para mí es más fácil, puedo ver mi reflejo en el agua.

Se inclinó sobre el charco e hizo una mueca a su imagen. Lone le lanzó una ojeada crítica.

–¿Pues sabes una cosa? Tienes la cara de esta forma –dibujó un triángulo en el aire con el índice–, los ojos verdes con chispas doradas y el pelo rojizo. Mamá debía tener el aspecto de una bruja.

–Y tú eres tan oscuro y tosco como papá, por eso a ti también te aborrece. Yo como ella, tú como él, siempre delante. Mejor esconderse.

Trataron de reír, pero a los dos les temblaban los labios, casi en un sollozo. Reír acaba por ser tan difícil, cuando se han releído los mismos cuentos hasta que las hojas mugrientas se deshacen, y se han hecho y se han roto muchos muñecos iguales, con astillas y cartón de embalaje.

Los dos tuvieron a la vez la misma idea, eso era frecuente en los gemelos, lo aceptaban como cosa natural.

–Leer...

–Encontré una vieja revista infantil, entre los libros que le permitieron cargar a papá en la nave. La tengo escondida aquí, debajo de la camisa. No se ha mojado.

–¿La miramos? Rápido o vendrá la noche.

–Yo la he hojeado ya. El no la echará de menos, es muy antigua, de un tal Walt Disney. Será de cuando él era pequeño.

–El nunca fue niño, por eso no nos deja... ¡Trae acá!

Pasaron las horas en silencio.

–¡Bah! –dijo Lone–. ¿Ves como es idiota? Estos animales que llevan guantes blancos para ocultar que tienen zarpas y no manos. ¡Fíjate! Roban, se persiguen para quitarse cosas que no pueden comer, mienten. Igual que personas. Yo no creo que una bestia sea capaz de mentir.

–Es mucho mejor «La isla del doctor Moreau» de ese Wells –dijo Lani apartando la revista con gesto remilgado–. Ahí por lo menos no quieren ser hombres, y aunque el viejo les dé latigazos hacen lo que es natural: desgarrar, morder, matar, pero no quieren mentir ni andar en dos patas. Papá me quitó el libro. Va y dice que era morboso y no nos convenía, podía dañar nuestras mentes. ¿No te divierte que diga eso? Busqué la palabra en el diccionario.

–¿Y qué? –inquirió Lone con avidez– Ya sabes que las palabras y yo...

–Pues... –Lani guiñó un ojo maliciosamente– morboso es... lo que es él.

–Claro, igual que sus libros. ¿No los escogió? A nosotros no pudo elegirnos en un estante y tiene que soportarnos tal como somos, pero a los libros sí.

–Está oscureciendo. Hay que volver a casa. –La niña bajó la voz y miró a su alrededor con aprensión– Empezará lo de las plantas.

Los dos se estremecieron y, con idéntico impulso, se pusieron en pie y comenzaron a correr, cogidos de la mano. Las piernas flacas y atezadas se movían al unísono, esquivando los obstáculos como dirigidos por un solo control.


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Publicado en la revista
NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 67-90, transcrito por Mujer Palabra con fines únicamente divulgativos y no comerciales.

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